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Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Lo leí en una revista de la peluquería cuando me hacía las mechas, y creo que es cierto porque yo me encontré con mi doble. Todo empezó porque conocí a Milord (le llamo así por la canción de Edith Piaf), un cliente digno, elegante, y triste. No sé lo que hace, a una puta no le dicen lo que son ni donde trabajan. Pero es diferente. Me mira con consideración. Yo le doy un servicio de primera por lo bien que me trata, y al terminar, casi se disculpa.

La foto, se le cayó de la cartera cuando me pagó. No le dio tiempo de recogerla antes de que yo la viera. Se dio cuenta de mi asombro. La de la foto se parecía a mí como dos gotas de agua, a mí sin las pestañas postizas, las mechas y la silicona. No sé quién es, pero sé que existe en algún lugar. Su recuerdo me persigue y tal vez la obsesión fue lo que me hizo verla anoche. Hacía la calle bajo los pórticos de la plaza cuando bajó de un coche y se mezcló con el gentío. Iba con el pelo recogido, una falda blanca y una blusa de mangas largas con encaje. Tuve la extraña sensación de encontrarme conmigo misma, con la que hubiese sido si mi padre no hubiese largado a mi madre a su suerte en el arroyo. Traté de seguirla, pero se perdió en la multitud.

Mario llegó tarde a casa hace dos noches —una cena de trabajo—. Se acostó sigiloso pensando que estaba dormida. Un ligero efluvio a perfume barato alertó mi sexto sentido. Creo que me está siendo infiel, a pesar de ser tan atento como siempre. A la mañana siguiente, tomé un brunch con Marifé en el hotel Portofino.  El sol de otoño irisaba las hojas ocre-doradas de las plataneras del bulevar. La brisa acariciaba mis piernas cruzadas y me vi transportada a un taburete de barra subiéndome las faldas a medida que los hombres me ponían dinero en la liga. Me venían ahora de manera recurrente estas fantasías. A la tarde, seguí el impulso de ir a mezclarme con el vicio y anduve por las calles del barrio chino. Al bajar del taxi, la vi.

Milord ha vuelto a solicitar mis servicios. Se está encaprichando de mí, esto lo notamos las putas, aunque luego no quieran comprometerse a nada. Necesito saber quiénes son, sobre todo ella. Por esto el otro día le seguí en un taxi y vi como entraba en una finca señorial de La Castellana. La luz se encendió en una ventana. Anoté la dirección y llamé por la mañana, preguntando por la señora. Le dije que quería verla por un asunto relacionado con su marido. Hubo un silencio y luego, con voz trémula, me citó en el hotel Portofino.

El hotel Portofino es un lugar donde las señoras de maridos como Milord se reúnen a pasar la mañana criticándose unas a otras y haciéndose las intelectuales con las boquitas fruncidas. Estaba sentada sola y, al verme, palideció. Nos miramos largo tiempo sin decir nada. Paseó su mirada por mis pestañas artificiales, mi busto talla 100, y finalmente por una mancha congénita que tengo en el cuello bajo la oreja izquierda. Con una mano trémula se bajó el cuello de la blusa y descubrió una mancha idéntica. Me pareció verme en un espejo. Recobró ella primero el uso de la palabra:

—Mi…marido… y usted… —hizo un gesto significativo hacia mí.

Asentí mirándola a los ojos. Se llevó la mano a la boca. La situación era tan violenta e inesperada de por sí que no cabía el menor fingimiento, así que me confesó sus fantasías y su deseo de conocer la lujuria. Le compartí mi afán de poseer cultura y habilidades sociales, de saber lo que era ser “una señora”.

Así fue como acabé instalada en una planta noble de La Castellana, tomando brunch con Marifé (tuve que explicarle mi aumento de pecho y mis extensiones de pestañas). Mario, si notó la diferencia, no lo manifestó, y me sigue dispensando atenciones delicadas… aunque… algunas noches viene tarde a casa (una cena de negocios) y noto en el aire de la habitación una nota… muy muy tenue… a una fragancia de otro tiempo. A veces, cuando quedo con Marifé, muevo las piernas cruzadas y dejo resbalar mi falda a lo largo de mis muslos, como hechizada por un vago recuerdo.

 

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