Cuando apareció se produjo en la sala un movimiento de ola, un rumor admirativo se arremolinó en torno a él. Hubiérase dicho que le querían engullir en el seno de su colectividad. Satisfecho, pasó entre las filas ofreciendo su mano enguantada. Una señora besó con devoción el grueso anillo de oro y jade que lucía. Majestuoso, erguido bajo la mitra rutilante de damasquinado oro y verde, fue a situarse delante del altar, abrió los brazos en ademán de bienvenida a los fieles, unas veinte personas, y agradeció que la Iglesia Renovada de los Días del Fin le hubiera juzgado digno del sagrado llamamiento de obispo. Los flancos de su casulla de raso blanco se desplegaron como alas benevolentes y de todo él emanó una onda expansiva de solicitud y amor al prójimo.

Jesús, el hijo de María, no se estaba quieto, tiraba con ahínco del codo de su madre y trataba de decirle «Máma, este es el anillo de la Paca», y una y otra vez María le sacudía del brazo y le hacía «Tchsss…». El padre, que estaba del otro lado, se agachó a su altura y susurró «pero ¿qué dices, niño?». «el anillo que lleva al dedo es el que a la Paqui le regaló el Juan y no lo encuentra». El padre se reincorporó pensativo y miró a la madre. Esta le hizo una señal de desaprobación y siguió cantando la liturgia con el resto. Hacía días que el padre Alonso, justo antes de que le nombraran obispo, había administrado la extremaunción a la madre de María de manera benévola. La moribunda había querido verle y le habían quitado el antifaz que protegía sus ojos cansados. Con hisopo y agua bendita, había rezado en latín y trazado repetidas cruces sobre el pecho de la señora. Para entonces ya era íntimo de la familia y más de una vez había cenado en la casa (buen apetito tenía, recordaba José) y era intachable a ojos de todos. Sino no le habrían firmado el aval, claro está. Decidió poner fin a su monólogo interno porque de lo contrario resbalaría por una pendiente enjabonada derecho al infierno. ¿No era indigno pensar mal de quien era el representante de Dios en la Tierra? Se sumó a la congregación que estaba contestando la misa en latín. La señorita Florencia, emperifollada, rosas pálidas en el moño, apretaba con energía los pedales del armonio. La Paqui le giraba la partitura y lanzaba su ardiente voz de soprano hasta alturas desafiantes. El himno culminó en un momento de unidad y a continuación todos hicieron silencio, girados con avidez mística hacia el predicador. Éste carraspeó, entornó los ojos hacia la esquina izquierda del techo, luego hacia la derecha, inspiró profundamente y declamó en latín:

—«Ad rivum eundem lupus et agnus venerant,

siti compulsi; superior stabat lupus

longeque inferior agnus.

Tunc fauce improba

latro incitatus iurgii causam intulit:

“Cur, inquit, turbulentam mihi fecisti

aquam bibenti?”»

Esto significa, queridos hermanos “¿no beberemos del agua de vida que nos brinda el cordero de Dios sacrificado para que el altísimo pueda llegar a nosotros?”. Oremos ahora en silencio cada uno para sí.

Mientras todos se recogían y meditaban de rodillas, la Paqui efectuó un acercamiento raudo al banco de su familia y se puso a susurrar bajito «Pápa, eso que ha recitado es del lobo y el cordero». La madre les dirigió una mirada asesina «¡Shhhh!» e hizo seña a la Paqui para que se sentara de inmediato. «Máma, lo que ha cantado es lo que estudio en clase de latín, una fábula de Esopo, todos los que hacen latín la conocen, y no significa lo que ha dicho, os enseñaré el diccionario». El padre miró a la madre con aire entendido (“ya te lo decía, no me querías creer”). Ella esta vez le devolvió una mirada angustiada. «¿No te apostaba yo una entrada de cine?» espetó Jesús a la hermana y toda la familia comulgó en la más negra y pegajosa duda (“la hemos pifiado”) mientras cada uno revivía a cámara lenta las etapas del ascenso estelar del obispo Alonso, de estanquero a obispo en menos de un mes y no les dio tiempo de más pues retumbaron fuertes golpes en la puerta del garaje que hacía las veces de iglesia. La señorita Florencia, diligente, fue a abrir.

—¿qué es lo que pasa aquí? Exclamó el alguacil ¿Eso que es, un bautizo? ¿Quién es Alonso Gómez Lasso? Traigo una citación del juzgado de lo penal. Tiene que firmarme el acuse de recibo, sino no me voy.

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