—Hola, Jeanne, —dice tomándole la mano arrugada.

La mira derecho a los ojos. La otra no la reconoce por unos segundos. Emerge de su niebla como de un país exótico que solo ella ve, se aferra su mano. Sus labios tiemblan sin que pueda evitarlo, como si no fuesen los suyos.

—¿Marie Louise? …

Su mano —la de un ahogado— se aferra. Lágrimas de agradecimiento brotan del gris metálico de sus ojos. Arrugas profundas bajo los párpados delatan las noches insomnes y el desconcierto le deforma la boca en una mueca desencajada. Llora por fin la impotencia, la vergüenza y la soledad que tantos años ha disfrazado de orgullo y éxito.

— He venido a ayudarte. Me han llamado del hospital.

Le sostiene la mano entre las suyas, cálidas y apaciguadoras. Vuelca en sus ojos todo el cariño que desde niña le tiene a su hermana mayor.

—La de veces que he pensado en ti. Tanto tiempo sin noticias, no me imaginaba…

—El horror, —llora y baja la cabeza para apartar la mirada—, la pérdida del negocio, la traición de él… una cosa llevó a la otra… Un día acabé cediendo, mi salud, la soledad… No pude más y confié todos mis ahorros a mi médico para que me los pusiera a salvo (tenía lingotes de oro, sabes), —llora sin poder ocultar la vergüenza—, y pfff…

Suelta con las manos cosas invisibles. Lleva la mano a la frente y se cubre los ojos.

—En la miseria… una piltrafa.

Sus ojos navegan por mares inseguros cuya superficie lisa oculta apenas corrientes encontradas, imprevisibles y peligrosas., que forman remolinos descendentes. Uno de ellos debió arrastrarla al fondo, venciendo sus resistencias de experta nadadora. Debió haber mar de fondo, un tsunami.

A la mañana siguiente, la enfermera anuncia a Marie Louise que la paciente ha mejorado. Le ha bajado la fiebre. Se llevan la bandeja del desayuno. Se sientan juntas en la cama, como cuando niñas. Le trae de regalo un frasco de mermelada de naranjas amargas. Se acomodan contra las almohadas y ríen. Jeanne sonríe imaginando.

—Recuerdo esa Navidad, la primera de viuda de Mamá. Tú en el corral pelabas patatas para los alemanes. Thérèse acarreaba agua a cubos para que ellos se bañaran. Nos acababan de pegar la sarna con los arneses que habían metido en casa y los roedores la propagaban. Nos rascábamos todo el día. Les lustrábamos las botas de cuero y nosotras llenábamos con paja nuestros zuecos de madera…

—Pero al levantarnos la mañana de Nochebuena, dentro de cada uno de nuestros zuecos… ¡una naranja!

Se tocan las manos y les chispean los ojos de la alegría infantil recordada, pero los de Jeanne pronto se llenan de niebla.

—A mí me pegaron algo más que la sarna, —baja la mirada y mira por la ventana. Intenta explicarle con la mirada; luego sigue hablando—. Era 1944, tú tenías catorce años, Thérèse doce, pero yo era una muchacha de veinte años espectacular… muy desarrollada. Ellos, lobos … Imagínate, —solloza lento y suave, la otra le toma la mano, animándola— él me puso una alianza al dedo y me dijo que estábamos casados. Celebraríamos la boda después de la guerra. Era un secreto entre nosotros. Llegó la liberación. Se fueron… y yo me quedé —busca el apoyo visual de la hermana para seguir—… embarazada. Calcula… no tuve más remedio que irme.

—Un día nos levantamos y no estabas. Mamá nos dijo que te habías ido a la ciudad a buscar trabajo porque éramos pobres.

—Imposible volver. En 1945, a todas las que habían tenido amores con el enemigo las rapaban públicamente y las paseaban para humillarlas. Sus familiares eran deshonrados. Así que me empleé en la gran ciudad, limpiando escaleras, sirviendo en casas de ricos… Mi hijo nació sano y hermoso… pero era madre soltera y lo tuve que dar en adopción… las monjas, ya sabes…

—Oh, Jeanne, pobre Jeanne, te has guardado todo esto tanto tiempo y nos has dejado creer que estabas bien. Deja que te abrace. Nosotras que te teníamos por rica porque nos enviabas dinero para vestirnos. Y todos estos años en que sostuviste a Thérèse para que le pudiera dar estudios a sus hijos, ¿cómo pudiste?

—También tuve mi momento de gloria. Conocí el caviar y el Don Pérignon de la mano de mi marido, pero fui una estrella fugaz —sonríe—. Me gustaba enviaros dinero, ir a versos de vez en cuando e invitaros a buenos restaurantes para que conocierais el bienestar. Mostrar mi éxito era mi revancha. ¿Me has encontrado un lugar?

—Creo que es hora de volver, Jeanne. ¿Te importará venir conmigo a casa mientras no tienes otra cosa mejor?

 

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