—«Aquí Baxter. Mira, son las diez y no he cenado. Estaré en el mexicano una media hora, así que, si quieres decirme algo, mueve el culo» … —el inspector mal aparcó el Patrol y se lanzó a por las enchiladas de “La Venganza de Quetzalcoatl”.

A los diez minutos, un rubio larguirucho de frente ancha dejaba caer su culo flaco en la banqueta opuesta a los morros de perro bulldog del comisario.

—Para mí lo de siempre, Jeff. ¿Qué quieres, Santi?

—Cerviche y Corona. Escucha Bax, tenemos una pista seria. A la chica no la mató un pervertido. No hay semen ni penetración.

—¿En qué mundo vives, ingenuo? los pervertidos no son reprimidos sexuales en busca de un polvo. Los novatos como tú leéis demasiada ficción.

—En la ropa de la chica encontraron polvos y los están analizando.

—¿Polvos?, ¿Qué clase de polvos?, espetó Baxter atragantándose con la comida.

—Químicos.

La mirada del comisario se ensombreció. Se levantó de repente, pagó lo suyo y no esperó a Santi. Este trató de seguirle y tropezó con una silla en su confusión. Baxter estaba cerca del Patrol cuando sonó un estallido amortiguado. Se sujetó el brazo ahogando un grito. Subió y arrancó. Santi tuvo que pegar un salto para catapultarse al interior. Baxter sangraba del brazo, pero conducía a alta velocidad.

—Déjame conducir y llevarte a Urgencias.

—Te bajas en la próxima, molusco —frenó en seco y empujó a Santi fuera del coche.

Al comisario, en realidad Juan Diego Galíndez, Le habían puesto Baxter por usar cajas de cartón de la marca para guardar sus archivos. Además, les recordaba a no sabían qué personaje de la novela negra americana.

Cuando Santi entró en la comisaría, se encontró de frente con el mandamás que le empujó en su despachó.

—¡Te dije que te pegaras a Baxter! Los polvos son Buflomedil, un analgésico utilizado para cortar la coca. Es peligroso para los epilépticos y según la autopsia, la chica lo era. En realidad, murió de un ataque al corazón.

—Nos dispararon con silenciador desde una azotea de la calle Jardines. Le dieron a Bax y no quiso que le acompañara a urgencias, me tiró del coche.

—¡¡Qué!! ¡Nos movemos! ¡Zafarrancho de combate! Posiblemente este tiro iba destinado a ti, Santi. Acompáñame y te voy contando —se sujetó el armamento reglamentario a la cintura mientras arrastraba a Santi al coche—, resulta que la chica trabajó de camarera en La Venganza de Quetzalcoatl hace un par de años, en Osuna. «Chicos, quiero dos coches en San Martín, dos en Osuna y uno conmigo en Jardines», espetó en el micrófono de la radio. Baxter lleva tiempo jugando en el equipo contrario y queríamos estar seguros. A estas horas estará dando la alarma.

—Una red de tráfico de cocaína, orquestada entre tres puntos del centro de Madrid que forman un triángulo… utilizarían a la chica… hasta aquí llego, pero ¿qué pinta Baxter? ¿La coartada policial?

—Os acostumbrasteis todos a llamarle Baxter porque os sonaba a novela americana y no caísteis en la cuenta de que era una farmacéutica.

—¡¡Conseguía el corte para la coca!! Baxter miembro full time de la red y el mejor situado para alejar las sospechas si las hubiera.

—Bingo, Santi. ¡choca estos cinco!

Cruzaron Alcalá y enfilaron Virgen de los Peligros haciendo chirriar los neumáticos. Entraron derrapando a Jardines. Un segundo coche de policía entró por el extremo opuesto y cerró la calle. Los pocos transeuntes que circulaban a esas horas se pegaron a las paredes con pavor ante tanto despliegue, no sea cosa que les fuera a rebotar una bala perdida. Irrumpieron el jefe, Santi y cuatro policías más, arma en mano en el comedor vacío y enfilaron hacia la cocina. Nadie. Entre latas de frijoles, botes de chiles, cestas de tomates, aguacates y cebollas, Santi encontró un libro de recetas. «Sopa Azteca…Chilaquiles Maya, Centro de Cochinita Pibil… Aquí hay algo raro, jefe, mire este folio… fechas, nombres de fármacos y cantidades de cajas… Parece la lista de la compra. Apuesto a que se la pasaban a Baxter».

Sonó el teléfono móvil del jefe. Le informaban de que habían detenido a 5 hombres incluido el francotirador y que uno de los detenidos era Baxter, que se hizo pasar el teléfono.

—Luis, diles a estos locos que me suelten, que soy el comisario Galíndez.

—Eras el comisario Galíndez. Ahora sólo eres Baxter y estás pringado hasta las cejas.

—Es tu venganza, ¿he, Luis? Desde la academia me has envidiado. Nunca toleraste que fuera más listo que tú, que te quitara las novias…

—Esta no era novia mía, Juan Diego, era la novia de mi hijo. Cuando se enganchó a esta porquería hicimos todo por ayudarla. Fue un largo camino de sufrimiento para todos.

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