Susana esperaba. Con este iban veinte los días estirados, secos y estériles cual desiertos sin sombras. En su celda, de noche, se sentaba vestida en la litera, tras tirar contra la pared las botas de tachas y la chupa de cuero, y escrutaba la valla. A esas horas el rostro de Lucas se hacía patente en el espejo de su mente, con la expresión que tuvo al despedirse y las palabras que pronunció entonces: me reuniré contigo, te lo prometo.

Era el 26 de mayo, aniversario del día en que Susana y él habían echado su primer casquete, y el sol lucía en toda su gloria. En media hora empezaría a bajar y entonces Lucas iniciaría el itinerario cien veces repasado. Recto por la avenida, a través del parque y alrededor del cementerio. Llegaría junto a la valla al anochecer. Ubicaría la abertura que hace días había practicado en la alambrada y esperaría la noche. Era luna nueva, así que la oscuridad sería total. Llevaba una mochila ligera con un cortafrío para abrir la segunda valla, además de cuerda y mosquetones para escalar hasta la ventana de Susana. No sabía bien como encontraría la celda. «La encontraré —pensaba— el corazón me lo dirá». Empezaba a caminar por el parque a grandes zancadas cuando alguien gritó su nombre. No se dio la vuelta e intentó esquivar la fuente de demora. En vano, el hombretón jovial de barba roja ya estaba sobre él dándole palmadas y empellones.

—Lucas, tío, ¿qué es de tu vida, old friend? ¡Vamos a celebrarlo!

—Ahora no Jeff, tengo un compromiso —dijo tratando de apartar sus manazas.

—Vamos a tomar una caña, hombre, no te puedes negar, hay mucho de qué hablar después de tanto tiempo —ya estaban saliendo del parque, el bíceps imperativo de Jeff conduciéndole al bar más próximo.

El pelirrojo hablaba como una cotorra y tras 6 cañas, a Lucas, un relámpago de memoria le laceró el cerebro con el penoso fantasma del incumplimiento de la palabra dada. La lengua pastosa y el gesto aletargado, ofreció a Jeff una coartada y se largó. Atravesó el parque del tirón y vio que el sol estaba bajo. “No hay tiempo que perder”, pensó, y decidió acortar por el cementerio. Con todas las reticencias que le despertaba andar entre tumbas en el crepúsculo, se lanzó sin pensar, pero al rato la cerveza hizo su efecto y sin ocultarse se puso a orinar. Oyó pasos a sus espaldas y el chorro de orina fue menguando a medida que aumentaba su terror. Se cerró la bragueta de golpe y se giró, para ver acercarse una reina de la noche, que se le arrimó con acaramelados arrumacos y quiso tocar lo que acababa de guardar. Trató de esquivarla, pero el timbre de voz y el tono muscular le indicaron que, a pesar de los pechos generosos, era un rey el que le placaba contra la lápida de una tumba y le echaba mano al paquete sin más, diciéndole «hay cariño, no te avergüences, hay mucha gente a la que le gusta la necrofilia». Le tenía inmovilizado contra el mármol y trataba de besarle. Lucas tuvo un instante de lucidez y supo que su única arma era el engaño. Fingió que sucumbía, metió la mano en la bragueta del rey y cuando tuvo a su alcance los testículos se los retorció de tal manera que el otro soltó su agarre y se puso a berrear tal animal herido y a soltar palabrotas. Lucas aprovechó para correr. Seguía oyendo los gritos de “mal nacido, hijo de tu madre, que te joda un negro, maricona reprimida…” que se iban perdiendo en la distancia.

Alcanzó la verja de atrás del cementerio solo para constatar que estaba cerrada con un enorme candado. A poco estuvo de ponerse a llorar. El alcohol, el cansancio y la desazón no pudieron impedir que franqueara la verja, pero sí lograron tenerle suspendido por el pantalón a una púa, que se cobró un buen trozo de la tela. Cuando llegó a la valla, era noche cerrada y había perdido la mochila con el cortafrío. Se maldijo y miró en torno en busca de una solución. Una furgoneta aparcada bajo una farola mostraba su flanco rotulado con un inmenso enchufe y unas tenazas. Con una sonrisa de experto aprovechó la ocultación de los árboles frondosos que bordeaban la calle para acercarse sigiloso a abrir la puerta trasera. “No te resistas a papá, bonita” susurró mientras hacía ceder la cerradura y revisaba las herramientas de fontanería. A los quince minutos estaba en el recinto buscando la ventana del chabolo de Susana.

No le dio tiempo de más pues unos focos empezaron a barrer el lugar y la sirena le indicó que se acababa de poner en marcha el dispositivo de seguridad. Sí le dio tiempo de poner las manos en jarra y gritar a pleno pulmón «Susannnaaaa, estoy aquí, Lucas. Te quieroooooo». Más tarde al psiquiatra forense que le había de interrogar le contestaría:

—Susana esperaba.

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