Se giró al escuchar el grito ahogado, dolorido, casi imperceptible, en el fondo del colmado abarrotado de regímenes de bananas, cajas de naranjas, bidones de aceite de oliva, toneles de azúcar y sacos de harina. En contadas ocasiones había tenido que defenderse de algún asaltante de poca monta venido en pos de una caja de dátiles de Medjoul, una bolsa de chucherías o latas de refrescos…, así que guardaba un mazo de madera bajo el mostrador. Mientras el televisor de 12 pulgadas en blanco y negro emitía como cada año, los preparativos de las campanadas y resonaban voces de presentadores entusiastas, entre pitidos y detonaciones de petardos procedentes de la Puerta del Sol, había servido las últimas botellas de cava y turrones a los rezagados. Nadie sino su gato de orejas mochas le esperaba en su semisótano de Lavapies. Para espantar los estragos que causaban estas fechas en las almas de los desarraigados, participaba de los festejos a distancia, ni tan lejos para sentirse excluido, ni tan cerca para sentirse un extraño entre la multitud.

 Armado del garrote, Mohamed fue directo a la puerta del almacén de las especies que abrió al grito de “fuera de ahí rata inmunda”, para descubrir con gran sorpresa, agazapa en el fondo, una forma menuda y descalza que tiritaba más de miedo que de frío. Cuando dio la primera campanada, el enfado se mutó en curiosidad y cuando sacó al niño de debajo del fardo que le había caído encima, vio que tenía apenas doce años, aquel que del susto se acababa de orinar en los pantalones y cuya mirada de ciervo acorralado le suplicaba que no le matara. Aquellos ojos le devolvieron 40 años atrás, cuando él mismo había viajado de polizón en la bodega de un carguero rumbo o a Algeciras y, tras sortear las barreras policiales, se había ocultado en la caja de un camión de mercancías fletado para el mercado de abastos de “Les Halles” en París. Recordó el carnicero que le había puesto a su servicio por el techo y la comida, y luego los trabajos de carga y descarga… Le echó su capa sobre los hombros, fue a abrir una lata de cuscús y sirvió dos tazas de té.

En la Puerta del Sol, arropada por la multitud, una pareja se amaba. Melissa miraba a Karl con ojos brillantes. Aquel le pasaba el brazo alrededor de la cintura y la envolvía en un halo casi palpable de ternura, deseo y embelesamiento que les elevaba a ambos dos palmos por encima del suelo. Había logrado volar a última hora desde San Petersburgo a pesar de la tormenta de nieve y ahora entrelazaban sus copas cuyas burbujas saltaban como respuesta a la segunda campanada. Ella acababa de anunciarle su embarazo. Con todos los sentidos puestos el uno en el otro y en el rapto amoroso que se conjugaba con la fiesta, estaban a mil leguas de percatarse de la intromisión de la mano diestra que palpaba con sutileza los bolsillos de Karl y extraía la cartera de piel de cocodrilo y el móvil para desparecer presta en el alboroto multitudinario.

La quietud del cuerpo solía acarrear el descanso de la mente. Sedado como estaba, Ibrahima, que por respeto al Corán y a sí mismo, nunca había tocado siquiera una gota de alcohol, yacía ahora en una paz entumecida, atenuados los sentidos bajo el efecto de los opiáceos administrados en vena. En la esquina del cuarto de hospital, la pantalla le mostraba irónicamente la Puerta del Sol donde se suponía que no volvería a interpretar la estatua humana del yogui flotante. Según los médicos, el tumor maligno había avanzado mucho. Había visto desfilar su niñez atribulada por la polio, el estigma de la deformidad, la debilidad física de unas piernas endebles que apenas le soportaban. Había contabilizado los desafíos vencidos uno tras otro como caballo pura sangre saltando vallas, hasta transmutar su hándicap en virtud y ser el principal sustentador de su familia, hermanos y sobrinos incluidos. Con la primera campanada había recordado uno tras otro el descubrimiento maravillado de cada hijo varón nacido durante su ausencia, cuando el invierno le devolvía anualmente a Senegal. La segunda campanada le arrancó una lágrima redonda y grávida de amor y dolor por la niña que tal vez no llegaría a conocer. La lágrima surcaba la mejilla de ébano, cargada más de amor que de dolor y para cuando llegó a la comisura de los labios, el corazón le susurró «¿Cuándo te has rendido tú? No es más que otro desafío». Dio la tercera campanada sobre la plaza y se supo guerrero librando su mayor batalla.

Advertisements