Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. Amelia la empuja tímidamente y arriesga sus primeros pasos por la senda que el sol poniente tiñe de ocre. Pisa las sombras alargadas de los cipreses pegadas al suelo por el crepúsculo. Tras los cristales de las ventanas lejanas bailotea una luz tenue. Huele a jazmín.
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El viejo echa sarmientos secos al fuego y oye su crepitar. Las llamas empiezan a lamer los troncos de olivo y el fino chasquido se transforma en un ronroneo confiable. Sus manos leñosas se asemejan a los sarmientos con los que aviva el fuego. «La madera de olivo es como el corazón noble, que arde lentamente sin hacer aspavientos. No tiene el brío del almendro, pero su calor acompaña el corazón, como el amor de la enamorada». Se pone a pensar en Amelia, a imaginar la curva de su cintura donde arranca la nalga, el suave aroma de su escote, sus labios de cereza madura… y abandona el imaginar porque la dulzura del recuerdo se entremezcla con el regusto amargo de la autorepresión.
Fuera está anocheciendo, azuleando la ventana primero, para pasar inadvertidamente al color de la tinta china. «Así pasa la vida, y sin transición aparente —se dice—, se lleva el color del pelo, el esmalte de los dientes…». Se pasa unos dedos nudosos por la cabellera grisácea pero espesa y rebelde aún. Luego, baja maquinalmente la mano y palpa el hueso de la mandíbula y del cráneo a través de la piel, “su cráneo”. Toma consciencia de que está cartografiando su propia calavera.
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Amelia avanza con paso menos seguro ahora; la oscuridad le oculta las raíces y las piedras del camino. Recuerda los obstáculos que le puso Julio —el catedrático bien amado por sus estudiantes— para ser su director de tesis. Julio Había aceptado después de mil vericuetos y tentativas de alejarla, rebajándola frente a terceros. La llamaba “alumna” en vez de “doctoranda”, la ignoraba, abandonándola frente a las dificultades. ¿Volvería a rechazarla? Siente una enorme atracción por este hombre del que conoce la grandeza y la generosidad tras la muralla. Está resuelta a no quedarse con la duda. Intuye los temores a los que él estará haciendo frente, a causa de la diferencia de edad, el miedo a sufrir… Julio, en realidad, no es un viejo. Sus alumnos y amigos ven en él a un hombre curtido, original, entusiasta, luchador por sus ideas, cuyo enorme magnetismo hace que no se cuestionen su edad. Su voz firme y cálida convence. Ella, después de todo, podría  también tener miedo de no estar a la altura, intelectualmente por ejemplo. Una certeza interna la hace avanzar, sin embargo.
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Julio echa sarmientos a la hoguera aletargada. Lenguas de fuego se lanzan a la conquista de los gruesos leños. La sonata Claro de Luna de Beethoven se desgrana desde un vinilo que ha puesto hace un momento en el tocadiscos. A medida que rememora la terquedad y la firmeza de Amelia, le nacen a la par admiración e inseguridad. Su juventud y su frescura le causan pavor, hacen desplegarse en su subconsciente las alas de todos los miedos, pájaros negros que no alcanzan a alzar vuelo y se pisan unos a otros en círculo. Se le disparan las alarmas ante la posibilidad de no estar físicamente a la altura de las expectativas de la juventud de ella. La brillantez de su mente, sin embargo, la serenidad con la que mira, su manera de estar tan plenamente en el aquí y ahora, le hablan de su madurez.
Aventa el fuego y crepitan miles de chispas, las mismas que saltaron de su corazón esta tarde al cruzarse con ella. Lo impremeditado del encuentro les dejó a ambos indefensos y Amelia le pidió colaboración para una nueva investigación. «¿Por qué no se pasa esta noche por mi casa?», se había oído decir antes de poder detener las palabras. Ella  anotó la dirección, agradeció y se sonrosó.

Esta vez, él estaba a su merced y no a la inversa.
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La noche acaba de cerrarse sobre el parque y la casa. Amelia, junto a la puerta de roble macizo, oye el retumbar de su corazón. Aspira el aroma sutil del jazmín y levanta el picaporte, pero antes de que vuelva a caer, la puerta gira sobre sus goznes. Un Julio desconocido, libre y desarmado, le tiende la mano para conducirla al interior.
—Te estaba esperando —dice, mientras la conduce cerca del fuego.
No llena ni le tiende una copa, no inicia una conversación erudita. Simplemente se sienta, las manos posadas en su regazo en señal de apacible rendición, consciente de su desnudez interna y de la plenitud del momento. La sonata le confirma en su actitud de abandono como animándole a seguir así. Se sostienen la mirada, donde ya no hay lugar para la ocultación. Las brumas invernales de los antiguos encubrimientos se evaporan al calor del fuego y dejan libre curso a la autenticidad del momento.

Se dice que la sonata “Claro de luna” fue compuesta por Beethoven en 1801 para una alumna de 17 años, la condesa Giulietta Guicciardi, con la cual mantuvo una relación de afecto. Tenía a la sazón 30 años.

Para leer escuchando la sonata: https://www.youtube.com/watch?v=W2N5iyQuFWI

 

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