Tres campanadas

Se giró al escuchar el grito ahogado, dolorido, casi imperceptible, en el fondo del colmado abarrotado de regímenes de bananas, cajas de naranjas, bidones de aceite de oliva, toneles de azúcar y sacos de harina. En contadas ocasiones había tenido que defenderse de algún asaltante de poca monta venido en pos de una caja de dátiles de Medjoul, una bolsa de chucherías o latas de refrescos…, así que guardaba un mazo de madera bajo el mostrador. Mientras el televisor de 12 pulgadas en blanco y negro emitía como cada año, los preparativos de las campanadas y resonaban voces de presentadores entusiastas, entre pitidos y detonaciones de petardos procedentes de la Puerta del Sol, había servido las últimas botellas de cava y turrones a los rezagados. Nadie sino su gato de orejas mochas le esperaba en su semisótano de Lavapies. Para espantar los estragos que causaban estas fechas en las almas de los desarraigados, participaba de los festejos a distancia, ni tan lejos para sentirse excluido, ni tan cerca para sentirse un extraño entre la multitud.

 Armado del garrote, Mohamed fue directo a la puerta del almacén de las especies que abrió al grito de “fuera de ahí rata inmunda”, para descubrir con gran sorpresa, agazapa en el fondo, una forma menuda y descalza que tiritaba más de miedo que de frío. Cuando dio la primera campanada, el enfado se mutó en curiosidad y cuando sacó al niño de debajo del fardo que le había caído encima, vio que tenía apenas doce años, aquel que del susto se acababa de orinar en los pantalones y cuya mirada de ciervo acorralado le suplicaba que no le matara. Aquellos ojos le devolvieron 40 años atrás, cuando él mismo había viajado de polizón en la bodega de un carguero rumbo o a Algeciras y, tras sortear las barreras policiales, se había ocultado en la caja de un camión de mercancías fletado para el mercado de abastos de “Les Halles” en París. Recordó el carnicero que le había puesto a su servicio por el techo y la comida, y luego los trabajos de carga y descarga… Le echó su capa sobre los hombros, fue a abrir una lata de cuscús y sirvió dos tazas de té.

En la Puerta del Sol, arropada por la multitud, una pareja se amaba. Melissa miraba a Karl con ojos brillantes. Aquel le pasaba el brazo alrededor de la cintura y la envolvía en un halo casi palpable de ternura, deseo y embelesamiento que les elevaba a ambos dos palmos por encima del suelo. Había logrado volar a última hora desde San Petersburgo a pesar de la tormenta de nieve y ahora entrelazaban sus copas cuyas burbujas saltaban como respuesta a la segunda campanada. Ella acababa de anunciarle su embarazo. Con todos los sentidos puestos el uno en el otro y en el rapto amoroso que se conjugaba con la fiesta, estaban a mil leguas de percatarse de la intromisión de la mano diestra que palpaba con sutileza los bolsillos de Karl y extraía la cartera de piel de cocodrilo y el móvil para desparecer presta en el alboroto multitudinario.

La quietud del cuerpo solía acarrear el descanso de la mente. Sedado como estaba, Ibrahima, que por respeto al Corán y a sí mismo, nunca había tocado siquiera una gota de alcohol, yacía ahora en una paz entumecida, atenuados los sentidos bajo el efecto de los opiáceos administrados en vena. En la esquina del cuarto de hospital, la pantalla le mostraba irónicamente la Puerta del Sol donde se suponía que no volvería a interpretar la estatua humana del yogui flotante. Según los médicos, el tumor maligno había avanzado mucho. Había visto desfilar su niñez atribulada por la polio, el estigma de la deformidad, la debilidad física de unas piernas endebles que apenas le soportaban. Había contabilizado los desafíos vencidos uno tras otro como caballo pura sangre saltando vallas, hasta transmutar su hándicap en virtud y ser el principal sustentador de su familia, hermanos y sobrinos incluidos. Con la primera campanada había recordado uno tras otro el descubrimiento maravillado de cada hijo varón nacido durante su ausencia, cuando el invierno le devolvía anualmente a Senegal. La segunda campanada le arrancó una lágrima redonda y grávida de amor y dolor por la niña que tal vez no llegaría a conocer. La lágrima surcaba la mejilla de ébano, cargada más de amor que de dolor y para cuando llegó a la comisura de los labios, el corazón le susurró «¿Cuándo te has rendido tú? No es más que otro desafío». Dio la tercera campanada sobre la plaza y se supo guerrero librando su mayor batalla.

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La venganza de Quetzalcoatl

—«Aquí Baxter. Mira, son las diez y no he cenado. Estaré en el mexicano una media hora, así que, si quieres decirme algo, mueve el culo» … —el inspector mal aparcó el Patrol y se lanzó a por las enchiladas de “La Venganza de Quetzalcoatl”.

A los diez minutos, un rubio larguirucho de frente ancha dejaba caer su culo flaco en la banqueta opuesta a los morros de perro bulldog del comisario.

—Para mí lo de siempre, Jeff. ¿Qué quieres, Santi?

—Cerviche y Corona. Escucha Bax, tenemos una pista seria. A la chica no la mató un pervertido. No hay semen ni penetración.

—¿En qué mundo vives, ingenuo? los pervertidos no son reprimidos sexuales en busca de un polvo. Los novatos como tú leéis demasiada ficción.

—En la ropa de la chica encontraron polvos y los están analizando.

—¿Polvos?, ¿Qué clase de polvos?, espetó Baxter atragantándose con la comida.

—Químicos.

La mirada del comisario se ensombreció. Se levantó de repente, pagó lo suyo y no esperó a Santi. Este trató de seguirle y tropezó con una silla en su confusión. Baxter estaba cerca del Patrol cuando sonó un estallido amortiguado. Se sujetó el brazo ahogando un grito. Subió y arrancó. Santi tuvo que pegar un salto para catapultarse al interior. Baxter sangraba del brazo, pero conducía a alta velocidad.

—Déjame conducir y llevarte a Urgencias.

—Te bajas en la próxima, molusco —frenó en seco y empujó a Santi fuera del coche.

Al comisario, en realidad Juan Diego Galíndez, Le habían puesto Baxter por usar cajas de cartón de la marca para guardar sus archivos. Además, les recordaba a no sabían qué personaje de la novela negra americana.

Cuando Santi entró en la comisaría, se encontró de frente con el mandamás que le empujó en su despachó.

—¡Te dije que te pegaras a Baxter! Los polvos son Buflomedil, un analgésico utilizado para cortar la coca. Es peligroso para los epilépticos y según la autopsia, la chica lo era. En realidad, murió de un ataque al corazón.

—Nos dispararon con silenciador desde una azotea de la calle Jardines. Le dieron a Bax y no quiso que le acompañara a urgencias, me tiró del coche.

—¡¡Qué!! ¡Nos movemos! ¡Zafarrancho de combate! Posiblemente este tiro iba destinado a ti, Santi. Acompáñame y te voy contando —se sujetó el armamento reglamentario a la cintura mientras arrastraba a Santi al coche—, resulta que la chica trabajó de camarera en La Venganza de Quetzalcoatl hace un par de años, en Osuna. «Chicos, quiero dos coches en San Martín, dos en Osuna y uno conmigo en Jardines», espetó en el micrófono de la radio. Baxter lleva tiempo jugando en el equipo contrario y queríamos estar seguros. A estas horas estará dando la alarma.

—Una red de tráfico de cocaína, orquestada entre tres puntos del centro de Madrid que forman un triángulo… utilizarían a la chica… hasta aquí llego, pero ¿qué pinta Baxter? ¿La coartada policial?

—Os acostumbrasteis todos a llamarle Baxter porque os sonaba a novela americana y no caísteis en la cuenta de que era una farmacéutica.

—¡¡Conseguía el corte para la coca!! Baxter miembro full time de la red y el mejor situado para alejar las sospechas si las hubiera.

—Bingo, Santi. ¡choca estos cinco!

Cruzaron Alcalá y enfilaron Virgen de los Peligros haciendo chirriar los neumáticos. Entraron derrapando a Jardines. Un segundo coche de policía entró por el extremo opuesto y cerró la calle. Los pocos transeuntes que circulaban a esas horas se pegaron a las paredes con pavor ante tanto despliegue, no sea cosa que les fuera a rebotar una bala perdida. Irrumpieron el jefe, Santi y cuatro policías más, arma en mano en el comedor vacío y enfilaron hacia la cocina. Nadie. Entre latas de frijoles, botes de chiles, cestas de tomates, aguacates y cebollas, Santi encontró un libro de recetas. «Sopa Azteca…Chilaquiles Maya, Centro de Cochinita Pibil… Aquí hay algo raro, jefe, mire este folio… fechas, nombres de fármacos y cantidades de cajas… Parece la lista de la compra. Apuesto a que se la pasaban a Baxter».

Sonó el teléfono móvil del jefe. Le informaban de que habían detenido a 5 hombres incluido el francotirador y que uno de los detenidos era Baxter, que se hizo pasar el teléfono.

—Luis, diles a estos locos que me suelten, que soy el comisario Galíndez.

—Eras el comisario Galíndez. Ahora sólo eres Baxter y estás pringado hasta las cejas.

—Es tu venganza, ¿he, Luis? Desde la academia me has envidiado. Nunca toleraste que fuera más listo que tú, que te quitara las novias…

—Esta no era novia mía, Juan Diego, era la novia de mi hijo. Cuando se enganchó a esta porquería hicimos todo por ayudarla. Fue un largo camino de sufrimiento para todos.

Susana esperaba

Susana esperaba. Con este iban veinte los días estirados, secos y estériles cual desiertos sin sombras. En su celda, de noche, se sentaba vestida en la litera, tras tirar contra la pared las botas de tachas y la chupa de cuero, y escrutaba la valla. A esas horas el rostro de Lucas se hacía patente en el espejo de su mente, con la expresión que tuvo al despedirse y las palabras que pronunció entonces: me reuniré contigo, te lo prometo.

Era el 26 de mayo, aniversario del día en que Susana y él habían echado su primer casquete, y el sol lucía en toda su gloria. En media hora empezaría a bajar y entonces Lucas iniciaría el itinerario cien veces repasado. Recto por la avenida, a través del parque y alrededor del cementerio. Llegaría junto a la valla al anochecer. Ubicaría la abertura que hace días había practicado en la alambrada y esperaría la noche. Era luna nueva, así que la oscuridad sería total. Llevaba una mochila ligera con un cortafrío para abrir la segunda valla, además de cuerda y mosquetones para escalar hasta la ventana de Susana. No sabía bien como encontraría la celda. «La encontraré —pensaba— el corazón me lo dirá». Empezaba a caminar por el parque a grandes zancadas cuando alguien gritó su nombre. No se dio la vuelta e intentó esquivar la fuente de demora. En vano, el hombretón jovial de barba roja ya estaba sobre él dándole palmadas y empellones.

—Lucas, tío, ¿qué es de tu vida, old friend? ¡Vamos a celebrarlo!

—Ahora no Jeff, tengo un compromiso —dijo tratando de apartar sus manazas.

—Vamos a tomar una caña, hombre, no te puedes negar, hay mucho de qué hablar después de tanto tiempo —ya estaban saliendo del parque, el bíceps imperativo de Jeff conduciéndole al bar más próximo.

El pelirrojo hablaba como una cotorra y tras 6 cañas, a Lucas, un relámpago de memoria le laceró el cerebro con el penoso fantasma del incumplimiento de la palabra dada. La lengua pastosa y el gesto aletargado, ofreció a Jeff una coartada y se largó. Atravesó el parque del tirón y vio que el sol estaba bajo. “No hay tiempo que perder”, pensó, y decidió acortar por el cementerio. Con todas las reticencias que le despertaba andar entre tumbas en el crepúsculo, se lanzó sin pensar, pero al rato la cerveza hizo su efecto y sin ocultarse se puso a orinar. Oyó pasos a sus espaldas y el chorro de orina fue menguando a medida que aumentaba su terror. Se cerró la bragueta de golpe y se giró, para ver acercarse una reina de la noche, que se le arrimó con acaramelados arrumacos y quiso tocar lo que acababa de guardar. Trató de esquivarla, pero el timbre de voz y el tono muscular le indicaron que, a pesar de los pechos generosos, era un rey el que le placaba contra la lápida de una tumba y le echaba mano al paquete sin más, diciéndole «hay cariño, no te avergüences, hay mucha gente a la que le gusta la necrofilia». Le tenía inmovilizado contra el mármol y trataba de besarle. Lucas tuvo un instante de lucidez y supo que su única arma era el engaño. Fingió que sucumbía, metió la mano en la bragueta del rey y cuando tuvo a su alcance los testículos se los retorció de tal manera que el otro soltó su agarre y se puso a berrear tal animal herido y a soltar palabrotas. Lucas aprovechó para correr. Seguía oyendo los gritos de “mal nacido, hijo de tu madre, que te joda un negro, maricona reprimida…” que se iban perdiendo en la distancia.

Alcanzó la verja de atrás del cementerio solo para constatar que estaba cerrada con un enorme candado. A poco estuvo de ponerse a llorar. El alcohol, el cansancio y la desazón no pudieron impedir que franqueara la verja, pero sí lograron tenerle suspendido por el pantalón a una púa, que se cobró un buen trozo de la tela. Cuando llegó a la valla, era noche cerrada y había perdido la mochila con el cortafrío. Se maldijo y miró en torno en busca de una solución. Una furgoneta aparcada bajo una farola mostraba su flanco rotulado con un inmenso enchufe y unas tenazas. Con una sonrisa de experto aprovechó la ocultación de los árboles frondosos que bordeaban la calle para acercarse sigiloso a abrir la puerta trasera. “No te resistas a papá, bonita” susurró mientras hacía ceder la cerradura y revisaba las herramientas de fontanería. A los quince minutos estaba en el recinto buscando la ventana del chabolo de Susana.

No le dio tiempo de más pues unos focos empezaron a barrer el lugar y la sirena le indicó que se acababa de poner en marcha el dispositivo de seguridad. Sí le dio tiempo de poner las manos en jarra y gritar a pleno pulmón «Susannnaaaa, estoy aquí, Lucas. Te quieroooooo». Más tarde al psiquiatra forense que le había de interrogar le contestaría:

—Susana esperaba.

El mentiroso

Cuando apareció se produjo en la sala un movimiento de ola, un rumor admirativo se arremolinó en torno a él. Hubiérase dicho que le querían engullir en el seno de su colectividad. Satisfecho, pasó entre las filas ofreciendo su mano enguantada. Una señora besó con devoción el grueso anillo de oro y jade que lucía. Majestuoso, erguido bajo la mitra rutilante de damasquinado oro y verde, fue a situarse delante del altar, abrió los brazos en ademán de bienvenida a los fieles, unas veinte personas, y agradeció que la Iglesia Renovada de los Días del Fin le hubiera juzgado digno del sagrado llamamiento de obispo. Los flancos de su casulla de raso blanco se desplegaron como alas benevolentes y de todo él emanó una onda expansiva de solicitud y amor al prójimo.

Jesús, el hijo de María, no se estaba quieto, tiraba con ahínco del codo de su madre y trataba de decirle «Máma, este es el anillo de la Paca», y una y otra vez María le sacudía del brazo y le hacía «Tchsss…». El padre, que estaba del otro lado, se agachó a su altura y susurró «pero ¿qué dices, niño?». «el anillo que lleva al dedo es el que a la Paqui le regaló el Juan y no lo encuentra». El padre se reincorporó pensativo y miró a la madre. Esta le hizo una señal de desaprobación y siguió cantando la liturgia con el resto. Hacía días que el padre Alonso, justo antes de que le nombraran obispo, había administrado la extremaunción a la madre de María de manera benévola. La moribunda había querido verle y le habían quitado el antifaz que protegía sus ojos cansados. Con hisopo y agua bendita, había rezado en latín y trazado repetidas cruces sobre el pecho de la señora. Para entonces ya era íntimo de la familia y más de una vez había cenado en la casa (buen apetito tenía, recordaba José) y era intachable a ojos de todos. Sino no le habrían firmado el aval, claro está. Decidió poner fin a su monólogo interno porque de lo contrario resbalaría por una pendiente enjabonada derecho al infierno. ¿No era indigno pensar mal de quien era el representante de Dios en la Tierra? Se sumó a la congregación que estaba contestando la misa en latín. La señorita Florencia, emperifollada, rosas pálidas en el moño, apretaba con energía los pedales del armonio. La Paqui le giraba la partitura y lanzaba su ardiente voz de soprano hasta alturas desafiantes. El himno culminó en un momento de unidad y a continuación todos hicieron silencio, girados con avidez mística hacia el predicador. Éste carraspeó, entornó los ojos hacia la esquina izquierda del techo, luego hacia la derecha, inspiró profundamente y declamó en latín:

—«Ad rivum eundem lupus et agnus venerant,

siti compulsi; superior stabat lupus

longeque inferior agnus.

Tunc fauce improba

latro incitatus iurgii causam intulit:

“Cur, inquit, turbulentam mihi fecisti

aquam bibenti?”»

Esto significa, queridos hermanos “¿no beberemos del agua de vida que nos brinda el cordero de Dios sacrificado para que el altísimo pueda llegar a nosotros?”. Oremos ahora en silencio cada uno para sí.

Mientras todos se recogían y meditaban de rodillas, la Paqui efectuó un acercamiento raudo al banco de su familia y se puso a susurrar bajito «Pápa, eso que ha recitado es del lobo y el cordero». La madre les dirigió una mirada asesina «¡Shhhh!» e hizo seña a la Paqui para que se sentara de inmediato. «Máma, lo que ha cantado es lo que estudio en clase de latín, una fábula de Esopo, todos los que hacen latín la conocen, y no significa lo que ha dicho, os enseñaré el diccionario». El padre miró a la madre con aire entendido (“ya te lo decía, no me querías creer”). Ella esta vez le devolvió una mirada angustiada. «¿No te apostaba yo una entrada de cine?» espetó Jesús a la hermana y toda la familia comulgó en la más negra y pegajosa duda (“la hemos pifiado”) mientras cada uno revivía a cámara lenta las etapas del ascenso estelar del obispo Alonso, de estanquero a obispo en menos de un mes y no les dio tiempo de más pues retumbaron fuertes golpes en la puerta del garaje que hacía las veces de iglesia. La señorita Florencia, diligente, fue a abrir.

—¿qué es lo que pasa aquí? Exclamó el alguacil ¿Eso que es, un bautizo? ¿Quién es Alonso Gómez Lasso? Traigo una citación del juzgado de lo penal. Tiene que firmarme el acuse de recibo, sino no me voy.

Dicen que todos tenemos un doble

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Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Lo leí en una revista de la peluquería cuando me hacía las mechas, y creo que es cierto porque yo me encontré con mi doble. Todo empezó porque conocí a Milord (le llamo así por la canción de Edith Piaf), un cliente digno, elegante, y triste. No sé lo que hace, a una puta no le dicen lo que son ni donde trabajan. Pero es diferente. Me mira con consideración. Yo le doy un servicio de primera por lo bien que me trata, y al terminar, casi se disculpa.

La foto, se le cayó de la cartera cuando me pagó. No le dio tiempo de recogerla antes de que yo la viera. Se dio cuenta de mi asombro. La de la foto se parecía a mí como dos gotas de agua, a mí sin las pestañas postizas, las mechas y la silicona. No sé quién es, pero sé que existe en algún lugar. Su recuerdo me persigue y tal vez la obsesión fue lo que me hizo verla anoche. Hacía la calle bajo los pórticos de la plaza cuando bajó de un coche y se mezcló con el gentío. Iba con el pelo recogido, una falda blanca y una blusa de mangas largas con encaje. Tuve la extraña sensación de encontrarme conmigo misma, con la que hubiese sido si mi padre no hubiese largado a mi madre a su suerte en el arroyo. Traté de seguirla, pero se perdió en la multitud.

Mario llegó tarde a casa hace dos noches —una cena de trabajo—. Se acostó sigiloso pensando que estaba dormida. Un ligero efluvio a perfume barato alertó mi sexto sentido. Creo que me está siendo infiel, a pesar de ser tan atento como siempre. A la mañana siguiente, tomé un brunch con Marifé en el hotel Portofino.  El sol de otoño irisaba las hojas ocre-doradas de las plataneras del bulevar. La brisa acariciaba mis piernas cruzadas y me vi transportada a un taburete de barra subiéndome las faldas a medida que los hombres me ponían dinero en la liga. Me venían ahora de manera recurrente estas fantasías. A la tarde, seguí el impulso de ir a mezclarme con el vicio y anduve por las calles del barrio chino. Al bajar del taxi, la vi.

Milord ha vuelto a solicitar mis servicios. Se está encaprichando de mí, esto lo notamos las putas, aunque luego no quieran comprometerse a nada. Necesito saber quiénes son, sobre todo ella. Por esto el otro día le seguí en un taxi y vi como entraba en una finca señorial de La Castellana. La luz se encendió en una ventana. Anoté la dirección y llamé por la mañana, preguntando por la señora. Le dije que quería verla por un asunto relacionado con su marido. Hubo un silencio y luego, con voz trémula, me citó en el hotel Portofino.

El hotel Portofino es un lugar donde las señoras de maridos como Milord se reúnen a pasar la mañana criticándose unas a otras y haciéndose las intelectuales con las boquitas fruncidas. Estaba sentada sola y, al verme, palideció. Nos miramos largo tiempo sin decir nada. Paseó su mirada por mis pestañas artificiales, mi busto talla 100, y finalmente por una mancha congénita que tengo en el cuello bajo la oreja izquierda. Con una mano trémula se bajó el cuello de la blusa y descubrió una mancha idéntica. Me pareció verme en un espejo. Recobró ella primero el uso de la palabra:

—Mi…marido… y usted… —hizo un gesto significativo hacia mí.

Asentí mirándola a los ojos. Se llevó la mano a la boca. La situación era tan violenta e inesperada de por sí que no cabía el menor fingimiento, así que me confesó sus fantasías y su deseo de conocer la lujuria. Le compartí mi afán de poseer cultura y habilidades sociales, de saber lo que era ser “una señora”.

Así fue como acabé instalada en una planta noble de La Castellana, tomando brunch con Marifé (tuve que explicarle mi aumento de pecho y mis extensiones de pestañas). Mario, si notó la diferencia, no lo manifestó, y me sigue dispensando atenciones delicadas… aunque… algunas noches viene tarde a casa (una cena de negocios) y noto en el aire de la habitación una nota… muy muy tenue… a una fragancia de otro tiempo. A veces, cuando quedo con Marifé, muevo las piernas cruzadas y dejo resbalar mi falda a lo largo de mis muslos, como hechizada por un vago recuerdo.

 

Shackleton blues

superficie-lunar

Cráter Shackleton, 10 de enero de 2054.
«Un meteorito de gran dimensión impactó a kilómetros de nuestra base. La nube de polvo de regolito en suspensión impide las videoconferencias interplanetarias y las comunicaciones locales. Durará meses. Tres de nosotros se dirigen al polo norte en la catapulta electromagnética.
He bajado a la base subterránea. Misión: chequear la central solar de la zona de sol perpetuo y comprobar los generadores termoeléctricos. Minimizar consumos energéticos».

30 de enero.
«Sin noticias de Joyce, Mackintosh y Worsley. La central apenas produce, pero es suficiente para mantener el crecimiento de las hortalizas en el invernadero».

10 de marzo.
«Sin noticias. Las constantes de los generadores no varían. Esto debería permitir el viaje de regreso en horas, sino por la catapulta, por los cables teleféricos o las vías férreas. Sin embargo, no hay señales».

En la unidad de registro, el comandante Ronaldo Damasio lleva el diario de a bordo. Unas profundas arrugas de preocupación surcan su frente. La calma aparente no alivia la tensión acumulada en las últimas semanas y una fría nausea le atenaza el estómago como un puño. «Así que esto es la soledad», piensa, al caer en una ensoñación que le hace revivir las carencias emocionales de su infancia solitaria.
Un ruido súbito le saca de su ensoñación. Pensando que puede ser uno de sus compañeros, se levanta. Aparece de la nada un perro bóxer de gran estatura, de mejillas caídas que le mira con seriedad. Flota, ingrávido y mueve las patas en el aire. El primer estupor deja paso a la alegría.
—¡Bruce!, ¿Eres tú?, me has asustado terriblemente.
—Hola, Doc, perdona, la próxima vez seré más sigiloso. ¿Te diviertes aquí?
—Ahora no. Pero no necesitas flotar, Bruce, aquí tenemos gravedad artificial.
El perro Bruce se desploma como un saco.
—Quería sentir el espacio, Doc, como tú, que querías ser astronauta cuando fueses mayor, ¿ahora qué?
—Problemas, Bruce.
—¿Estás en apuro, Doc?
—Es posible, pero no lo sé, y esto me mata.
—¿Te mata? Te veo bien vivo.
—Nunca has entendido los eufemismos, Bruce.
—¿Te preocupa no tener comida?
—No, no es eso. ¿Te acuerdas cuando nos íbamos de vacaciones y te dejábamos al cuidado de la vecina que te alimentaba una vez por semana?
—Ah, estás solo, Doc.
—Si Bruce, como un perro. Es un esperar desesperando. Es no saber si te han abandonado ni por qué, si fue culpa tuya o no, dudar de todo de repente, hasta de si tu familia te quiso.
—Yo estoy contigo, Doc, me quedaré a tu lado.
El comandante Damasio se toma la pastilla y se acomoda en su unidad de descanso, sintiendo el cuerpo cálido de Bruce apretado contra él.

ESA, Paris, 30 de marzo.
—Ninguna emisión desde Shackleton, Fred, pero detectamos un murmullo desde Plaskett.
—Imposible Emy, en Plaskett no hay nadie en esta época del año.
—¿Enviamos un rescate? Una opción es adelantar la misión “Peary”; estaríamos allí en tres días.
—No tan simple, Emy. La misión “Peary” no se improvisa, y los costes de enviar un rescate son desmesurados.
Shackleton, 10 de abril.
—«Aquí Comandante Damasio, Shackleton. ¿Me oye alguien?»
—¿Doc, ¿qué significa “Shackleton”?
El comandante mira en torno a sí y no ve a nadie. Progresivamente van apareciendo una cola, una grupa… unas orejas y unas mejillas colgantes.
—Gracias, Bruce, por la delicadeza. Shackleton intentó cruzar la Antártida a través del polo Sur y la expedición fue mal. Su nave, el Endurance, quedó presa de los hielos y tuvo que dejar a sus hombres en la isla Elefante durante 4 meses y medio. Regresó a buscarlos y ninguno pereció.
—Aquí estamos en el polo sur de la Luna, ¿verdad Doc? La historia se repite. Volverán.
—¿Cómo sé que no estoy soñando, Bruce?, ¿Qué no he perdido la razón? ¿Cómo sé siquiera que existo?
—Si eres capaz de imaginar algo y este algo se materializa, eres real, Doc.
—Patrañas, Bruce. Cierro los ojos e imagino… ¡un sombrero de copa! Ves, no aparece nada.
—Espera, Doc. Aún no eres experto. Tardará un poco.

ESA, Paris, 11 de abril.
—Por fin tenemos algo, Fred, tenemos a Worsley en pantalla, en Plaskett.

Shackleton, 11 de abril.
El comandante elige un kit de desayuno del área española. Encuentra pan, una loncha de jamón y una cuña de queso… con un magnífico sombrero de copa en la etiqueta. «¡Bruce, me llegó…! ¡Bruce!, ¡Bruce!». Esta vez, Bruce no aparece.

ESA, Paris, laboratorio de psicología, 27 de junio.
—René, no entiendo nada, estoy revisando la caja negra de Shackleton. ¿Con quién diablos hablaba Damasio en la luna?
—La mente humana tiene sus mecanismos protectores, Claire.

Shackleton
De “Sur” de Ernest Shackleton, edición de Macmillan de 1920.

La Máquina

El anciano encontró la llave en el hueco de la pared, detrás del abrevadero. Con ella abrió la puerta de roble que, atascada por la hiedra y las glicinas salvajes, giró ruidosamente sobre sus goznes. Tras acomodar sus ojos a la penumbra, tiró de una lona repleta de heces de rata y cascotes, dejando al descubierto La Máquina. Los años de inactividad no habían empañado su poderío: orgullosa, la Shneider se erguía altiva en el centro del establo en desuso. La habían escondido en posición estratégica: bastaba arrastrarla unos metros para dejarla operativa, apuntando al valle…

Fue a buscar la yunta y la unció a La Máquina. «Paco, échame una mano con esta rueda que está encallada… Mariano, sujeta la mula mientras amarro el mástil al yugo… la vaca a la derecha, así…  ¡Arre!, ¡arre vaca!… ¡Arre muuula!… Unos pocos metros… ¡ya está!»…

«Ahora,  a armar la trinchera y aguardar hasta el amanecer».

Llenó y acarreó sacos de tierra con la ayuda de la mula hasta bien entrada la noche. Los dispuso al borde de la era, diez, veinte, treinta sacos, formando un semicírculo alrededor del cañón. Cuando se rindió al descanso, la luna asomaba blanquecina sobre el horizonte, y al sur, el mar le devolvía reflejos plateados. Un faro parpadeaba. El anciano, físicamente agotado, se arrastró más que caminó al cobertizo, pero se sentía enardecido. «Muchachos, estoy contento de vosotros. Mañana les daremos una sorpresa a esos cobardes de ahí abajo. No se imaginan lo que les espera. “al combate acero va… No pasarán. No pasarán”. Cada uno a su catre. Manolo, tú empiezas el turno de vigilancia».

Amaneció rojo fuego; el horizonte se incendió de repente y le hirió la luz al anciano a través de la persiana desvencijada. Sobresaltado, lanzó un grito de combate. «Arriba tropa, que despunta el alba. ¡Victoria o muerte! No viviremos agachados. ¡Tierra y Libertad! “… por la tierra y por el pan, vista al frente, pulso firme…”. Mariano, distribuye los fusiles. Santi, tú, El Gato y yo, a La Máquina. Que está con ganas de sonar de nuevo, esta preciosidad. “…temple duro, roca viva… ¡acero va!… bomba al cinto, bayonetas, al combate acero va…”».

El anciano lustraba el acero con la manga, echándole el aliento, una y otra vez.

«Ya os decía yo que la escondiéramos aquí, que no se sabía cuándo volvería a haber jaleo. “Anda jaleo, jaleo, suena una ametralladora y ya empieza el tiroteo, y ya empieza el tiroteo. Anda jaleo, jaleo…”. Vamos, a cargar el obús, echadme una mano compañeros. Así, así, apuntaremos a… primero vamos a hacer bailar al cura. Adelante muchachos. Apunten. ¡Fuego!»

El estruendo rajó la mañana y la polvareda que envolvió al viejo cañón por un momento le veló al anciano la visión del pueblo. Cuando se disipó, divisó la enorme brecha que la granada había abierto en el muro del jardín de la rectoría, por donde ahora se escapaban enloquecidos patos y gallinas. Al poco salió también el cura a todo correr, arremangándose la sotana. Acudían en tropel los habitantes del pueblo. En primera línea, el alcalde y el guardia civil. Luego el juez de paz y el maestro. Los niños, que querían salir de la escuela para ver lo que pasaba, fueron empujados dentro por seguridad. Los vecinos gesticulaban, primero sin atinar a descifrar el origen del cataclismo, hasta que uno de los forestales señaló hacia el monte, donde algo de la humareda seguía flotando en el aire.

Allí el anciano campaba erguido, los brazos en jarra y la frente alta. Sólo llegaban jirones de las frases que clamaba «…dignidad… justicia… no me rendiré…devolvedme lo … quitado. ¡Lucharé… mi libertad… hasta… final!».

Hubo un revuelo entre los vecinos. Salieron el médico y la enfermera del centro de salud y se precipitaron a parlamentar con el juez de paz. Las conversaciones se estancaban cuando sonó otro disparo y el proyectil, esta vez, agujereó la fachada del cuartel de la guardia civil, donde flameaba la bandera junto a la divisa “TODO POR LA PATRIA”.

Entonces apareció la asistenta social, reunió a las personalidades y en un instante parecieron ponerse todos de acuerdo. Mandó al enfermero agitar una bata blanca sujeta al palo de una escoba y a los forestales acercarle un megáfono a través del cual le habló al anciano en estos términos: «Don Fermín, le juro por mi vida que le devolverán su pensión y no se tendrá que ir a la residencia. Podrá quedarse en su casa y conservar sus tierras. Le pondremos una ayuda a domicilio. Ahora subiré con el médico, aparte Usted el cañón».

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