La Máquina

El anciano encontró la llave en el hueco de la pared, detrás del abrevadero. Con ella abrió la puerta de roble que, atascada por la hiedra y las glicinas salvajes, giró ruidosamente sobre sus goznes. Tras acomodar sus ojos a la penumbra, tiró de una lona repleta de heces de rata y cascotes, dejando al descubierto La Máquina. Los años de inactividad no habían empañado su poderío: orgullosa, la Shneider se erguía altiva en el centro del establo en desuso. La habían escondido en posición estratégica: bastaba arrastrarla unos metros para dejarla operativa, apuntando al valle…

Fue a buscar la yunta y la unció a La Máquina. «Paco, échame una mano con esta rueda que está encallada… Mariano, sujeta la mula mientras amarro el mástil al yugo… la vaca a la derecha, así…  ¡Arre!, ¡arre vaca!… ¡Arre muuula!… Unos pocos metros… ¡ya está!»…

«Ahora,  a armar la trinchera y aguardar hasta el amanecer».

Llenó y acarreó sacos de tierra con la ayuda de la mula hasta bien entrada la noche. Los dispuso al borde de la era, diez, veinte, treinta sacos, formando un semicírculo alrededor del cañón. Cuando se rindió al descanso, la luna asomaba blanquecina sobre el horizonte, y al sur, el mar le devolvía reflejos plateados. Un faro parpadeaba. El anciano, físicamente agotado, se arrastró más que caminó al cobertizo, pero se sentía enardecido. «Muchachos, estoy contento de vosotros. Mañana les daremos una sorpresa a esos cobardes de ahí abajo. No se imaginan lo que les espera. “al combate acero va… No pasarán. No pasarán”. Cada uno a su catre. Manolo, tú empiezas el turno de vigilancia».

Amaneció rojo fuego; el horizonte se incendió de repente y le hirió la luz al anciano a través de la persiana desvencijada. Sobresaltado, lanzó un grito de combate. «Arriba tropa, que despunta el alba. ¡Victoria o muerte! No viviremos agachados. ¡Tierra y Libertad! “… por la tierra y por el pan, vista al frente, pulso firme…”. Mariano, distribuye los fusiles. Santi, tú, El Gato y yo, a La Máquina. Que está con ganas de sonar de nuevo, esta preciosidad. “…temple duro, roca viva… ¡acero va!… bomba al cinto, bayonetas, al combate acero va…”».

El anciano lustraba el acero con la manga, echándole el aliento, una y otra vez.

«Ya os decía yo que la escondiéramos aquí, que no se sabía cuándo volvería a haber jaleo. “Anda jaleo, jaleo, suena una ametralladora y ya empieza el tiroteo, y ya empieza el tiroteo. Anda jaleo, jaleo…”. Vamos, a cargar el obús, echadme una mano compañeros. Así, así, apuntaremos a… primero vamos a hacer bailar al cura. Adelante muchachos. Apunten. ¡Fuego!»

El estruendo rajó la mañana y la polvareda que envolvió al viejo cañón por un momento le veló al anciano la visión del pueblo. Cuando se disipó, divisó la enorme brecha que la granada había abierto en el muro del jardín de la rectoría, por donde ahora se escapaban enloquecidos patos y gallinas. Al poco salió también el cura a todo correr, arremangándose la sotana. Acudían en tropel los habitantes del pueblo. En primera línea, el alcalde y el guardia civil. Luego el juez de paz y el maestro. Los niños, que querían salir de la escuela para ver lo que pasaba, fueron empujados dentro por seguridad. Los vecinos gesticulaban, primero sin atinar a descifrar el origen del cataclismo, hasta que uno de los forestales señaló hacia el monte, donde algo de la humareda seguía flotando en el aire.

Allí el anciano campaba erguido, los brazos en jarra y la frente alta. Sólo llegaban jirones de las frases que clamaba «…dignidad… justicia… no me rendiré…devolvedme lo … quitado. ¡Lucharé… mi libertad… hasta… final!».

Hubo un revuelo entre los vecinos. Salieron el médico y la enfermera del centro de salud y se precipitaron a parlamentar con el juez de paz. Las conversaciones se estancaban cuando sonó otro disparo y el proyectil, esta vez, agujereó la fachada del cuartel de la guardia civil, donde flameaba la bandera junto a la divisa “TODO POR LA PATRIA”.

Entonces apareció la asistenta social, reunió a las personalidades y en un instante parecieron ponerse todos de acuerdo. Mandó al enfermero agitar una bata blanca sujeta al palo de una escoba y a los forestales acercarle un megáfono a través del cual le habló al anciano en estos términos: «Don Fermín, le juro por mi vida que le devolverán su pensión y no se tendrá que ir a la residencia. Podrá quedarse en su casa y conservar sus tierras. Le pondremos una ayuda a domicilio. Ahora subiré con el médico, aparte Usted el cañón».

 

 

 

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El Poeta

—Cuenta, abuelo…¿Por qué te llamaban El Poeta?

Por enésima vez Damián le formulaba la pregunta que él ya había respondido tantas veces como años tenía su nieto, que no eran pocos, porque acababa de cumplir doce. En cada ocasión había alterado sensiblemente el relato y cada vez le había presionado más para saber otros detalles, como quien tira de la punta para deshacer el ovillo.

—Ya te lo dije muchas veces, Damián, el abuelo escribía cartas, para los compañeros que no sabían escribir bien.

—Ya, abuelo, esto ya me lo has contado, ¿pero qué cartas eran?

—Pues algunas eran cartas de amor, para las novias, otras eran poemas para felicitar bodas o cumpleaños. También las había normales, sólo para informar…

—Cartas de amor, abuelo… Cuenta, cuenta, ¿que ponían estas cartas?

—Tú quieres saber mucho, pillín. A ver, en estas cartas, los hombres transmitían a sus esposas y novias los sentimientos que sentían por ellas y lo mucho que las añoraban…

—Les decían que las añoraban, que pronto estarían con ellas… esto ya me lo has dicho, pero ¿les hablaban de sus pechos, de las ganas que tenían de tocarlos?…

—Vaya, ya te estás haciendo mayor, eh, granujilla —sonrió el abuelo—, ya eres un picaroncete, ja, ja, ja… Bueno, tanto tiempo sin ver a una mujer, es seguro que lo pensaban, pero eso no se podía decir. Había que usar eufemismos.

—¿Qué es un eufemismo abuelo?

—Es una palabra o expresión que se dice en lugar de otra para que resulte más suave, por ejemplo “me estremezco de pasión pensando en tus ojos amorosos” …

—Y en lo que piensa de verdad es en sus tetas y en meterle mano, ¿verdad abuelo?… pero, dime, ese campamento donde estabais todos, Abu, qué campamento era, ese donde pasasteis tanto tiempo… Yo cuando voy de campamento es por el verano o por Pascua.

Escrutó a su nieto con su mirada azul translúcida durante un buen rato, valorando su voluntad de saber y el impacto que tendrían sus palabras. Entraba en la adolescencia y hoy en día había tanta información en internet… Calibró, como en cada ocasión que le había preguntado, el efecto que la respuesta podía tener en su psique en relación con su edad mental y llegó a la conclusión de que había llegado el momento de decirle la verdad.

—Bueno, ya te has hecho mayor. Lo que te conté otras veces no fue mentira, pero tampoco era toda la verdad, solo la que podías entender. En realidad, ese “campamento” no pertenecía a una agrupación política ni tu abuelo estaba allí como disidente. Tampoco le llamaban El Poeta por escribir cartas, aunque sí las llegó a escribir. Pero prométeme que lo que te voy a contar te lo guardarás para ti.

—Por esas cruces abuelo, lo juro.

—Hace muchísimos años el abuelo era joven y valiente y le gustaba vivir bien, tener muchas amigas, buenos coches… —observaba con el rabillo del ojo la reacción del nieto que bebía apasionado de sus labios— todo ello imposible de conseguir con un trabajo ordinario. Ideó un plan para tener todo lo que quería sin trabajar. Con dos amigos atracaban bancos. Él era el “cerebro”, lo planeaba todo y nunca les cogieron porque era un artista diseñando los golpes, siempre “sin armas, sin odio, sin violencia”. Dieron el golpe más grande del país y nunca les detuvieron pues habían excavado un túnel por el que entraron esquivando las alarmas. “El atraco del siglo”. Se referían a él como al Poeta porque en el escenario del golpe solía dejar una nota en verso para la policía.

Se paró para evaluar el impacto de su confesión. Damián, estupefacto, había contenido la respiración todo el tiempo y vació los pulmones con una exclamación admirativa.

—¡Jopé!, Abu, ¡qué fuerte! alucino contigo. ¿Si no os cogieron, entonces por qué estuviste en el… campamento?

—En la cárcel. Basta de eufemismos. Verás, el abuelo se creía un gran artista y le sabía mal no ser reconocido, así que cuando el delito prescribió, se dio a conocer a través de la prensa. Quería que la gente le aplaudiera.

—¿Y?…

—El robo ya no se podía penar, pero usar dinero ilícito, sí. Tu abuelo se creía muy listo, pero la arrogancia le venció.

—¿Valió la pena, Abu?

Salió la abuela a llamarlos

—Valió la pena por conocer a tu abuela, la cocinera del “campamento”. Le guiñó un ojo con el índice sobre los labios a la vez que asentía a la llamada de la abuela.

 

 

 

 

 

Cita con el destino

El griterío de los muelles fuera, el olor a ginebra y a ron dentro, el entrechocar de los vasos, las voces hoscas, aguerridas, soeces, de los clientes, el desparpajo y la lascivia comercial de las mujeres, todo sumaba para que él, Max Klee, se sintiera en su elemento y adquiriera la concentración necesaria a su práctica cotidiana con los cuchillos. El patrón le tenía una mesa reservada —la del fondo junto a la escalera— solapada de una gruesa chapa de olivo para reforzarla. La botella de whisky campaba a un lado. El cigarrillo consumiéndose solo en el cenicero de concha emitía volutas concéntricas de humo que subían lentamente. Se iban a fundir con la nube que flotaba bajo la araña de cristal, último vestigio de una gloria pretérita que porfiaba la dignidad del lugar. Max observaba detenidamente su mano izquierda pegada a la superficie del olivo con los cinco dedos muy abiertos. La observaba como si fuese una mano ajena, un ente con vida propia. Se puso a pulir una navaja con una gamuza aterciopelada, acariciándole la hoja como si se tratase del sexo de su amante. La música cambió tango por blues y el mago clavó la hoja por turnos en cada uno de los intersticios de sus dedos abiertos, elevando la cadencia en cada vuelta, mientras las mujeres se arremolinaban como cada noche para ver a cual elegiría para practicar a cambio de unas monedas. Una de ellas, que no conocía, se le encaró inmóvil; lo miraba con un especial arrobamiento, mezcla de asombro y pavor.  Max plantó la navaja en el olivo y las despidió a todas como si de gallinas se tratase, espantándolas con palabras poco amables. Todas se alejaron a excepción de la nueva, cuyos grandes ojos no se pudieron apartar de él.

—Y tú, ¿por qué no te vas con las otras? ¿tendrás trabajo, ¿no?

Lejos de alejarse, ella se cubrió la boca con las manos mientras exhalaba una exclamación sorda.

—He visto tu mano desgarrada, tu rostro cubierto de sangre…

La súbita palidez de su rostro y el extravío de sus ojos le llamaron poderosamente la atención.

—¿Qué dices? ¿Acaso eres vidente? ¿de qué mal fario me hablas?

La joven se perdió entre la turba que entraba del puerto invadiéndolo todo con exclamaciones y gritos desaforados en busca de alcohol y mujeres. Habría llegado una goleta. La buscó con la mirada, pero no la halló. Entonces se sacudió el sentimiento de incertidumbre que solo por un instante había hecho mella en su ánimo, como la sombra fugaz de un ala de cuervo sobrevolándolo, y reanudó el entrenamiento destinado a mantener sus facultades alertas. Debía preservar tanto el éxito del número como la integridad de las ayudantes ocasionales que le prestaban su silueta, ahora más que nunca. En dos horas embarcaría para América, donde pensaba afincarse definitivamente. Era un viaje sin regreso. Su calidad de “mago” lanzador de cuchillos le ahorraría la mitad del pasaje. La otra mitad, la pagaría con las tareas corrientes de un marinero. Además, las navajas le servirían para embarcar una buena carga de heroína en los mangos. Así lo había planeado para sustentar sus primeros pasos en un mundo desconocido. Solía traficar en itinerarios más breves y se le daba bien. La heroína, se la proporcionaba El Largo, a quien le debía una ingente cantidad de dinero, y al que conseguía burlar siempre con astucias zalameras porque era tan experto en mentiras como diestro con la navaja.

Las mujeres gritaban y reían las gracias a los hombres de mar que dejaban caer pesadamente sus manos sobre sus senos y nalgas. «¡Ja!, ¡carne borracha!», sentenció Max y alzó la navaja para volvérsela a clavar entre los dedos a ritmo acelerado. La hoja bailó un minuto entero sin que él pestañeara. Se sentía dueño de su destino. Nada se interponía entre su voluntad y su acto. Mantenía su campo mental virgen de cualquier injerencia y compromiso con el mundo, del que pensaba que sólo se podían sacar contratiempos. Así pensaba mientras clavaba la hoja entre sus dedos a una velocidad rayana en lo sobrenatural. La mano iba sola, ya no la veía. El acto perfecto. Pero se le había ido el pensamiento, por una fracción de segundo, a lo que había dicho la moza y al pavor de su mirada. Una ínfima fracción de segundo que desajustó la sincronía y el acto dejó de ser perfecto. Se clavó el cuchillo en el pellejo del dedo medio. Con un grito agudo, más que de dolor, de terror existencial, observó con un oscuro presentimiento la mano clavada al olivo sobre la que se empezaba a proyectar el extremo de una sombra alargada: la de una forma masculina de borsalino de fieltro negro, que campaba erguido sobre las piernas abiertas, ojo entrecerrado y puro negligentemente colgado de la comisura de los labios.

El Largo le negó el beneficio de la duda esta vez. Desclavó la hoja del madero y antes de degollarlo, le rajó la cara, que es lo que se hace a los malos pagadores.

A bordo del transatlántico la noche siguiente, un marinero se inclinaría para contestar al oído de un hombre barbudo sobre por qué no empezaba el espectáculo.

—El marinero no subió al barco, capitán.

 

YOLO

Me estoy hartando de ver desierto. Aquí aprisionado en el esmoquin y sudando como un cerdo. No sé con qué rima todo esto… le dije cien veces a Berta “ese tío no es para ti, no sé para qué te empeñas en casarte con él…”. Papá conduce el viejo mercedes, con toda su dignidad… es que somos una familia digna, claro, la frente bien alta… arruinados pero dignos… y el menda ese tiene pasta… pelas… parné… por un tubo. Le entra cualquier guita con los camiones, debe tener talegos “offshore”, de esos que mencionan en los “Paradise Papers”, no te digo… Pero eso a Papá le mola, no se para a pensar si Berta será feliz o no. Su obsesión es verla segura… sin Mamá se cree que todo se va a ir al garete. Ah, estoy todo sudado; al llegar a la sacristía oleré a bacalao. Me harto de ver rocas secas carcomidas por el sol. Son las once y hay que ver como aprieta el ”lorenzo”. Berta va sentada en el asiento de atrás y no suelta prenda… ese silencio suyo me tiene mosca. No va con ese pico que tiene. Se ha quitado los zapatos de tacón y se ha repanchigado en el asiento de atrás, el vestido de novia le aprieta de por todo, parece que va disfrazada; lleva el velo torcido, todo desparramado contra la luneta trasera y se le está corriendo el rímel. ¡Maldito calor! Papá no afloja la marcha, tiene miedo de llegar tarde… a entregar la mano de su hija al gordo seboso. Ah, si le habré dicho de veces “Berta, ese no es maromo para ti. Huye como de la peste. Ni caso… en fin, allá vamos, al bodorrio. ¡Hay que joderse!…

—Pa, para, ¡no puedo más!

—¿Qué, hija?, ¿Qué ocurre?

—Que tengo que hacer mis necesidades.

—Va, hija, ¿no puedes esperar un poco?, que faltan 30 minutos para Almería y llevamos un poco de retraso.

—Si no paras, haré pis en el suelo del coche, y también lo otro. Para, Pa, te lo suplico.

Hago fuerza a favor:

—Para en la primera gasolinera, Pa y de paso tomamos algo, que tengo la garganta seca.

Después de unos kilómetros de desfiladeros lunares y de ver el indicador “Desierto de Tabernas” (rememoro mis películas del oeste favoritas, con Clint Eastwood haciendo de malo, Charles Bronson en “Érase una vez en el Oeste”; oigo la armónica de Ennio Moricone en mi cabeza), avistamos una gasolinera y Papá echa el freno a regañadientes.

—No podemos bajar todos. Te esperamos aquí, Berta, date prisa y cuidado con el vestido, que estos sitios no son muy limpios.

Berta salta del coche con una agilidad que no dejaba presagiar su actitud apalancada. Es muy graciosa alzándose los kilos de encaje y floripondios blancos a la vez que corre —descalza— a meterse en el retrete de la gasolinera. No hay nadie a la vista. La luz baila sobre la arena quemada. Miro para el costado y me parece que va a aparecer Lawrence de Arabia en su chilaba blanca seguido de los hombres del desierto. Creo que me quedo un minuto traspuesto por el calor porque Lawrence se acerca a la ventanilla y me tiende una llave. «La llave de la libertad», dice, y cuando voy a cogerla, desaparece y vuelvo a estar en el decorado del oeste, pero sin Lawrence y oigo a Papá.

—Han pasado 10 minutos, ¿qué hará Berta?

—¿Qué va a hacer?, dijo que también tenía lo otro, ya sabes.

En realidad, este ratito que me quedé sobado debí perder la noción del tiempo. Por aquí no pasa nadie, ni un coche, silencio total… Tranquilizo al viejo, pero me empiezo a preguntar qué hará Berta en el baño. Finjo normalidad a pesar de los veinte minutos que han pasado. El viejo se preocupa.

—Tendremos que ir a ver. A lo mejor se ha caído… o desmayado…, yo qué sé, con este calor…

Salimos del coche, con nuestros esmoquins en pleno desierto, yo corriendo detrás del viejo. Alcanzamos juntos la puerta del baño y mi padre la sacude.

—Berta, hija, abre. ¿Estás bien?

Le aparto y empujo la puerta un poco fuerte. Nada. Me arremango la pierna del esmoquin y arreo una patada a la cerradura. Otra más. Cede. Nadie. Hay un ventanuco abierto sobre el retrete. Nos miramos pasmados y revisamos el lugar. Aquí sólo hay el inodoro y fuera, los lavabos y un armario bajo. Abro. Nos salta a la cara un amasijo de tules y encajes blancos que estaban contenidos a presión. Tengo idea de lo que ha pasado, obvio, y me cuesta disimular mi alegría. Miro al viejo y pienso en lo que me espera hasta hacérselo entender. De momento, se aferra a la negación. Se ha puesto rojo y se agita. Me hace temer un infarto.

—Seguramente la han raptado. Hay que llamar a la policía.

Le sigo hasta el bar de carretera que debe estar igual de desierto que la gasolinera. Intento hablar con él, pero no escucha. Está obsesionado en llamar a la policía. Y yo se lo tengo que impedir. Voy un paso por delante y le digo que Berta se ha ido. Me empuja para llegar al teléfono y le tengo que agarrar de las solapas para que no lo haga. Me mira indignado porque soy su hijo y le zarandeo a la vez que le grito.

—Despierta, Papá. Berta se ha escapado porque no quería casarse con el seboso de Lezama. Entérate de una vez. Yo mismo le decía que no lo hiciera.

Mi padre me acaba de agarrar del cuello y aprieta. Aprieta con ganas, el condenado y le salen los ojos de las órbitas mientras me grita y me insulta. Ya no puedo respirar y empiezo a ver rojo cuando dos hombres le sujetan los brazos y nos separan. Uno debe ser el dueño y el otro el camarero, por las pintas.

—Vengan, señores, tranquilícense y siéntense a tomar algo. Invita la casa. Nada es tan grave como para ponerse así.

Les explico entre jadeos que mi hermana acaba de desaparecer, que íbamos a la boda, que ese es mi padre, y me miran incrédulos. Mi padre me dirige aún una mirada de odio visceral que, traducida a buen cristiano, significa “me las pagarás”.

—Ven Pa, vamos a sentarnos y te explico. Tú quieres lo mejor para Berta, pero Berta… bla…bla…

Llevamos dos horas hablando. Hemos tomado un almuerzo consistente, regado con dos botellas de Sangre de Toro, y luego café, coñac. Varios coñacs y un puro mi padre. Se me ocurre preguntar al camarero si ha visto a una chica por aquí al final de la mañana.

—Pues sí, ahora que lo dice. Una chica rubia no muy alta. Estuvo aquí delante haciendo autostop. Me fijé porque por aquí pasa poca gente y por cómo iba vestida.

—¿Cómo?

—Iba descalza y llevaba una camiseta encima de unos…leotardos de esos. Me llamó la atención lo que ponía la camiseta porque nunca había visto otra igual: YOLO. Me pregunté si sería el nombre de la chica. Justo pasó un coche en dirección a Murcia y la levantó.

Al oír esto, mi padre se vuelve a agitar y le tengo que tranquilizar. Le explico que las chicas de hoy no son las de ayer y se saben valer. Quiere saber lo que significa YOLO. Le explico que es un acrónimo inglés que significa “sólo se vive una vez” y que la camiseta es mía. Hace un amago de volver a agredirme. Le digo que yo me pondré pronto en contacto con ella, que sé dónde encontrarla. Se calma un poco, pero para asegurarme le pido un par de copas más.

A las siete de la noche levantamos el campamento.

—Conduzco yo, Pa. Dame las llaves.

Nos encaminamos hacia el coche despacito, sosteniendo yo a mi padre que va dando traspies. Le pregunto si ya se encuentra mejor y dice con resignación:

—Si, hijo, si… YOLO. Aquí también hace tiempo que conocemos esta canción. No te vayas a creer que la han inventado los americanos.

Guerra y paz

Era más que un simple robot. Traqueteaba de la cocina al salón mientras engullía los pelos del chihuahua, las uñas rotas del gato y de la dueña, las pelotas de lana que se agolpaban debajo de la cama y emitía luces multicolores haciendo la alegría del nene que a su paso lanzaba agudos chillidos. El perro lo toreaba, saltando y ladrando a su alrededor, enardecido cuando parecía responder a sus envites.

El único que le tenía manía era el hombre de la casa, Fausto, porque daba golpes secos a las puertas y le invadía el despacho con su runrún insistente. Sus tareas de mecánico dentista le requerían concentración y precisión, lo que el aparatito intrusivo no permitía. A cada momento irrumpía en el santuario de su despacho soliviantando su paz mental. Entonces gritaba.

—Serafina, este “rombo” o como se llame va a ser el causante de nuestro divorcio si no le pones remedio.

—Cierra la puerta, cariño y no lo oirás. Le hace tan feliz al perro…

—Cierra la puerta… Cierra la puerta… ¡Le pondré una mordaza a tu hurón mecánico!

Serafina se levantó plácida de la siesta. Se disponía a recibir a unas amigas a la hora del té cuando, de súbito, se le erizaron los pelos de la nuca al avistar un insólito espectáculo. El chihuahua corría en círculos escapando del robot que iba derecho hacia él abriendo de par en par una boca llena de dientes afilados que se abría y se cerraba y fallaba en apresarle en cada mordida seca de retumbar de claqué. En uno de esos golpes de mandíbulas, el can quedó apresado por la cola y redobló la velocidad arrastrando tras él al robot al que se le había disparado una sirena sincronizada con luces pirotécnicas en miniatura. Recorrió así la sala y el recibidor sin que Serafina pudiera interceptarlo pues aumentaban —can y máquina— la velocidad, yendo a topar con las amistades que entraban por la puerta dejada aposta entreabierta. Las damas se apartaron horrorizadas dejando salir al engendro híbrido. Can y máquina dieron vueltas por el rellano a la vista de las invitadas y del vecindario que salía alertado por el alboroto. Cada vez que amenazaban caerse por la escalera, el robot retrocedía, revoleando el perro en el aire para devolverlo a tierra firme. La sirena dio paso a un paso doble y luego a una interpretación de “Viva España” que se fue distorsionando y finalizó al agotarse la batería del robot. El estupor no tuvo parangón en la escalera. La dueña de casa disimuló fingiendo una broma premeditada para no dar que hablar sobre la estabilidad de su matrimonio e hizo pasar a la visita a tomar el té.

Fausto trabajó hasta muy tarde y, guiado por el cansancio y la prudencia, durmió en el sofá. A la mañana siguiente, le despertó el silbido mecánico del robot y vio horrorizado como esparcía sus prendas íntimas —camisetas, calzoncillos y calcetines sucios— por toda la sala, se dirigía al balcón que había dejado abierto al frescor veraniego, y procedía a despeñar sus prendas por el balcón, algunas quedando presas de las ramas del plátano adyacente, frente a las ventanas de los Ramírez del segundo. La ira le sacudió el estómago como primer impulso matutino, pero, hombre racional donde los hay, pensó y pasó sin demora a la acción.

Cual no fue la sorpresa de Serafina cuando desperezándose en la tibieza de la cama matrimonial vio aparecer su robot favorito equipado de un mástil en el que ondeaba una bandera blanca. Debajo, un letrero prometía en mayúsculas «HOY CONTRATO ASISTENTA», accediendo a un ruego de años. Desde la cama, el chihuahua contemplaba con desconfianza al que había sido su fiel compañero de juego y le lanzaba ladridos resentidos. Serafina entrecerró los ojos de placer y se arrebujo entre los almohadones.

Había pasado la hora del desayuno y Fausto, rezagado en el sofá sin afán de levantarse, sentía que su vida era un caos. Cuando volvió a oír el fatídico runrún que se le acercaba inclemente, sintiéndose preso de un círculo vicioso sin salida, perdió la esperanza. La situación dio un vuelco cuando apercibió las bragas de encaje negro con porta-ligas de su señora girando de manera provocativa alrededor del mástil que él mismo había erigido. Pensó que quizás todo no estaba perdido aquella mañana y se propuso averiguarlo.

 

Sonata para piano, nº 14, claro de luna. “Quasi una fantasia”.

Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. Amelia la empuja tímidamente y arriesga sus primeros pasos por la senda que el sol poniente tiñe de carmesí. Pisa las sombras alargadas de los cipreses que el crepúsculo ha planchado contra el suelo. Tras los cristales de las ventanas lejanas bailotea una luz tenue. Huele a jazmín.
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El viejo echa sarmientos secos al fuego y oye su crepitar. Las llamas empiezan a lamer los troncos de olivo y el fino chasquido se transforma en un ronroneo confiable. Sus manos leñosas se asemejan a los sarmientos con los que aviva el fuego. «La madera de olivo es como el corazón noble, que arde lentamente sin hacer aspavientos. No tiene el brío del almendro, pero su calor acompaña el corazón, como el amor de la enamorada». Se pone a pensar en Amelia, a imaginar la curva de su cintura donde arranca la nalga, el suave aroma de su escote, sus labios de cereza madura… y abandona el imaginar porque la dulzura del recuerdo se entremezcla con el regusto amargo de la autorepresión.
Fuera está anocheciendo, azuleando la ventana primero, para pasar inadvertidamente al color de la tinta china. «Así pasa la vida, y sin transición aparente —se dice—, se lleva el color del pelo, el esmalte de los dientes…». Se pasa unos dedos nudosos por la cabellera grisácea pero espesa y rebelde aún. Luego, baja maquinalmente la mano y palpa el hueso de la mandíbula y del cráneo a través de la piel, “su cráneo”. Toma consciencia de que está cartografiando su propia calavera.
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Amelia avanza con paso menos seguro ahora; la oscuridad le oculta las raíces y las piedras del camino. Recuerda los obstáculos que le puso Julio —el catedrático bien amado por sus estudiantes— para ser su director de tesis. Julio Había aceptado después de mil vericuetos y tentativas de alejarla, rebajándola frente a terceros. La llamaba “alumna” en vez de “doctoranda”, la ignoraba, abandonándola frente a las dificultades. ¿Volvería a rechazarla? Siente una enorme atracción por este hombre del que conoce la grandeza y la generosidad tras la muralla. Está resuelta a no quedarse con la duda. Intuye los temores a los que él estará haciendo frente, a causa de la diferencia de edad, el miedo a sufrir… Julio, en realidad, no es un viejo. Sus alumnos y amigos ven en él a un hombre curtido, original, entusiasta, luchador por sus ideas, cuyo enorme magnetismo hace que no se cuestionen su edad. Su voz firme y cálida convence. Ella, después de todo, podría  también tener miedo de no estar a la altura, intelectualmente por ejemplo. Una certeza interna la hace avanzar, sin embargo.
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Julio echa sarmientos a la hoguera aletargada. Lenguas de fuego se lanzan a la conquista de los gruesos leños. La sonata Claro de Luna de Beethoven se desgrana desde un vinilo que ha puesto hace un momento en el tocadiscos. A medida que rememora la terquedad y la firmeza de Amelia, le nacen a la par admiración e inseguridad. Su juventud y su frescura le causan pavor, hacen desplegarse en su subconsciente las alas de todos los miedos, pájaros negros que no alcanzan a alzar vuelo y se pisan unos a otros en círculo. Se le disparan las alarmas ante la posibilidad de no estar físicamente a la altura de las expectativas de la juventud de ella. La brillantez de su mente, sin embargo, la serenidad con la que mira, su manera de estar tan plenamente en el aquí y ahora, le hablan de su madurez.
Aventa el fuego y crepitan miles de chispas, las mismas que saltaron de su corazón esta tarde al cruzarse con ella. Lo impremeditado del encuentro les dejó a ambos indefensos y Amelia le pidió colaboración para una nueva investigación. «¿Por qué no se pasa esta noche por mi casa?», se había oído decir antes de poder detener las palabras. Ella  anotó la dirección, agradeció y se sonrosó.

Esta vez, él estaba a su merced y no a la inversa.
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La noche acaba de cerrarse sobre el parque y la casa. Amelia, junto a la puerta de roble macizo, oye el retumbar de su corazón. Aspira el aroma sutil del jazmín y levanta el picaporte, pero antes de que vuelva a caer, la puerta gira sobre sus goznes. Un Julio desconocido, libre y desarmado, le tiende la mano para conducirla al interior.
—Te estaba esperando —dice, mientras la conduce cerca del fuego.
No llena ni le tiende una copa, no inicia una conversación erudita. Simplemente se sienta, las manos posadas en su regazo en señal de apacible rendición, consciente de su desnudez interna y de la plenitud del momento. La sonata le confirma en su actitud de abandono como animándole a seguir así. Se sostienen la mirada, donde ya no hay lugar para la ocultación. Las brumas invernales de los antiguos encubrimientos se evaporan al calor del fuego y dejan libre curso a la autenticidad del momento.

Se dice que la sonata “Claro de luna” fue compuesta por Beethoven en 1801 para una alumna de 17 años, la condesa Giulietta Guicciardi, con la cual mantuvo una relación de afecto. Tenía a la sazón 30 años.

Para leer escuchando la sonata: https://www.youtube.com/watch?v=W2N5iyQuFWI

 

Sombra y seda

Jarvik Koprowski enfiló la carretera desafectada que le marcaba el nanosat incrustado en su muñeca izquierda. La softjet aérea redujo suavemente la marcha y bajó a centímetros del suelo frente a la boca de un túnel de piedra caliza cuya bóveda gótica le hizo emitir un silbido.

—¡Por Uber, no hubiese imaginado que esto existía en Omnípolis!

A los lados crecían plantas; algunas claves de la bóveda habían cedido y enormes bloques de piedra yacían en la calzada así que la moto neumática se deslizaba entre ellos en zig zag. El túnel acababa en cul-de-sac. El silencio era sepulcral y le invadió un sentimiento de soledad junto a la nauseabunda sensación de estar atrapado en una ratonera. Un estruendo metálico le confirmó sus temores: una reja de hierro macizo acababa de caer y cerraba la boca del túnel. No tenía escapatoria.

Un destello blanco junto a la bóveda creció y se ensanchó a tamaño humano en 3D. Emergió la silueta de un hombre de 60 años entrado en carnes vestido de una túnica hawaiana, cuya calva estaba flanqueada por una melena rubia desteñida. Se paró junto a él, los brazos en jarra y una risa jocosa en los labios.

—Mira a quién tenemos aquí: Jarvik Fist, el terror de los internautas, ¡Ja, ja, ja! exclamó con un acento que trituraba las erres como piedras.

—De los adinerados, si me permite rectificar. ¿Qué quiere de mí esta vez?

—Ah, sí, me consta, Robin Hood tiene su corazoncito, ja, ja, ja, pero hay algo que nos une: a los dos nos gusta la tecnología, y sin bitcoins, nanay de la China, ¿verdad? ja, ja, ja.

—Dígame de qué se trata; no sé si me va a interesar. La última vez que hice trato con usted perdí demasiados megapower bits porque me condenaron y ustedes no me ayudaron. Aparte, fastidié la vida de aquellos obreros melanesios…

—Ah, “encore” su corazoncito, Jarv. Le perderá  (seguía triturando las erres). A veces pensamos que es peligroso, ¿sabe? —meneó la cabeza ladeada— pero no hemos encontrado a nadie con su talento. Además, no puede elegirrrr, ja, ja, ja… Estafó al Komincentral Bank, ¿recuerda?

—Al grano.

—¡Buen chico! Tiene que infectar en 48 horas 5.000 redes institucionales y comerciales del planeta. Instituciones de primer nivel, compañías de gas, eléctricas, hospitales, fábricas, oficinas de correos, aeropuertos… la cuestión es crear confusión, infundir miedo e inseguridad. Ataque países como Rusia, Brasil, la Confederación Panamericana por supuesto, para que no parezca fuera del ataque, sobre todo Lusohipania y la Unión Neogermánica. En Eurasia y Neochina Federal, toque escuelas y universidades, ¡Necesitan modernizarse! Ja, ja, ja, ja.

—¿Objetivo?

—No le incumbe.

—¿Infectar con qué fin? ¿sacar información, destruir datos…? Tengo que saber qué herramienta emplear.

—Nada de todo esto. Que cunda el pánico eso es todo. Mire, emplee por ejemplo un secuestrador informático de estos que hacen desparecer los datos hasta que pagas, ja, ja, ja… y de paso se resarce de sus pérdidas. Pero todo en bitcoins, ¿he? Que no se rastree el origen.

Súbitamente la forma en 3D perdió volumen y se esfumó.  la reja de acero subió chirriando.

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La atmósfera recargada de un sótano omnipoliense albergaba una docena de pantallas translúcidas que sus operadores, tumbados en la moqueta o sentados en un enorme sofá, operaban desde consolas portátiles. Había latas de cerveza empezadas en el suelo, coca colas, restos de hamburguesas y pizzas aparcadas en mesitas y brazos de sillones. Se respiraba una intensa concentración.

—Ya tengo a la red hospitalaria de la Unión Britholandesa; siguen usando la plataforma ZD para ahorrarse software; hay cosas que no cambian, como la racanería sajona.

—Hum… Craqueé una vez un cuento de un tal Faulkner sobre un piloto escocés, un nombre imposible… Ah, buena idea, me meto en los aeropuertos pangermanos, ¡Ábrete Sésamo!, huy no te resistas a Papá, preciosidad…

—Una virguería estos Ransom de la NSA mejorados. ¡Qué buena faena hicieron estos chicos de La Sombra para su tiempo!

—Sí, El mítico Eternal Blue de los Shadow Brokers. Mira que robarle a la NSA su propia chatarra para revenderla al mejor postor, había que tener agallas… Guay, encontré una serie de redes ferroviarias encadenadas que me dejan hacer con suavidad, material vetusto, países atrasados, Kirghizistan, Tadjikistan, Turkmenistan, yo que sé… he pillado toda la red… de China hasta París, ¡chollo!

A la mañana siguiente, Jarvik trae un periódico con los bollos y el café.

—«Ciberataque global, probable boicot a la presentación de la novena reforma de la Nueva Ruta de la Seda en Beijing…» ¡Ah! ja, ja, ja, esto va por tu red ferroviaria en serie, Marvin. Un excitazo, nos vamos a forrar, chicos.

 

Étoile sans lumière (estrella sin luz)

—Hola, Jeanne, —dice tomándole la mano arrugada.

La mira derecho a los ojos. La otra no la reconoce por unos segundos. Emerge de su niebla como de un país exótico que solo ella ve, se aferra su mano. Sus labios tiemblan sin que pueda evitarlo, como si no fuesen los suyos.

—¿Marie Louise? …

Su mano —la de un ahogado— se aferra. Lágrimas de agradecimiento brotan del gris metálico de sus ojos. Arrugas profundas bajo los párpados delatan las noches insomnes y el desconcierto le deforma la boca en una mueca desencajada. Llora por fin la impotencia, la vergüenza y la soledad que tantos años ha disfrazado de orgullo y éxito.

— He venido a ayudarte. Me han llamado del hospital.

Le sostiene la mano entre las suyas, cálidas y apaciguadoras. Vuelca en sus ojos todo el cariño que desde niña le tiene a su hermana mayor.

—La de veces que he pensado en ti. Tanto tiempo sin noticias, no me imaginaba…

—El horror, —llora y baja la cabeza para apartar la mirada—, la pérdida del negocio, la traición de él… una cosa llevó a la otra… Un día acabé cediendo, mi salud, la soledad… No pude más y confié todos mis ahorros a mi médico para que me los pusiera a salvo (tenía lingotes de oro, sabes), —llora sin poder ocultar la vergüenza—, y pfff…

Suelta con las manos cosas invisibles. Lleva la mano a la frente y se cubre los ojos.

—En la miseria… una piltrafa.

Sus ojos navegan por mares inseguros cuya superficie lisa oculta apenas corrientes encontradas, imprevisibles y peligrosas., que forman remolinos descendentes. Uno de ellos debió arrastrarla al fondo, venciendo sus resistencias de experta nadadora. Debió haber mar de fondo, un tsunami.

A la mañana siguiente, la enfermera anuncia a Marie Louise que la paciente ha mejorado. Le ha bajado la fiebre. Se llevan la bandeja del desayuno. Se sientan juntas en la cama, como cuando niñas. Le trae de regalo un frasco de mermelada de naranjas amargas. Se acomodan contra las almohadas y ríen. Jeanne sonríe imaginando.

—Recuerdo esa Navidad, la primera de viuda de Mamá. Tú en el corral pelabas patatas para los alemanes. Thérèse acarreaba agua a cubos para que ellos se bañaran. Nos acababan de pegar la sarna con los arneses que habían metido en casa y los roedores la propagaban. Nos rascábamos todo el día. Les lustrábamos las botas de cuero y nosotras llenábamos con paja nuestros zuecos de madera…

—Pero al levantarnos la mañana de Nochebuena, dentro de cada uno de nuestros zuecos… ¡una naranja!

Se tocan las manos y les chispean los ojos de la alegría infantil recordada, pero los de Jeanne pronto se llenan de niebla.

—A mí me pegaron algo más que la sarna, —baja la mirada y mira por la ventana. Intenta explicarle con la mirada; luego sigue hablando—. Era 1944, tú tenías catorce años, Thérèse doce, pero yo era una muchacha de veinte años espectacular… muy desarrollada. Ellos, lobos … Imagínate, —solloza lento y suave, la otra le toma la mano, animándola— él me puso una alianza al dedo y me dijo que estábamos casados. Celebraríamos la boda después de la guerra. Era un secreto entre nosotros. Llegó la liberación. Se fueron… y yo me quedé —busca el apoyo visual de la hermana para seguir—… embarazada. Calcula… no tuve más remedio que irme.

—Un día nos levantamos y no estabas. Mamá nos dijo que te habías ido a la ciudad a buscar trabajo porque éramos pobres.

—Imposible volver. En 1945, a todas las que habían tenido amores con el enemigo las rapaban públicamente y las paseaban para humillarlas. Sus familiares eran deshonrados. Así que me empleé en la gran ciudad, limpiando escaleras, sirviendo en casas de ricos… Mi hijo nació sano y hermoso… pero era madre soltera y lo tuve que dar en adopción… las monjas, ya sabes…

—Oh, Jeanne, pobre Jeanne, te has guardado todo esto tanto tiempo y nos has dejado creer que estabas bien. Deja que te abrace. Nosotras que te teníamos por rica porque nos enviabas dinero para vestirnos. Y todos estos años en que sostuviste a Thérèse para que le pudiera dar estudios a sus hijos, ¿cómo pudiste?

—También tuve mi momento de gloria. Conocí el caviar y el Don Pérignon de la mano de mi marido, pero fui una estrella fugaz —sonríe—. Me gustaba enviaros dinero, ir a versos de vez en cuando e invitaros a buenos restaurantes para que conocierais el bienestar. Mostrar mi éxito era mi revancha. ¿Me has encontrado un lugar?

—Creo que es hora de volver, Jeanne. ¿Te importará venir conmigo a casa mientras no tienes otra cosa mejor?

 

Tres campanadas

Se giró al escuchar el grito ahogado, dolorido, casi imperceptible, en el fondo del colmado abarrotado de regímenes de bananas, cajas de naranjas, bidones de aceite de oliva, toneles de azúcar y sacos de harina. En contadas ocasiones había tenido que defenderse de algún asaltante de poca monta venido en pos de una caja de dátiles de Medjoul, una bolsa de chucherías o latas de refrescos…, así que guardaba un mazo de madera bajo el mostrador. Mientras el televisor de 12 pulgadas en blanco y negro emitía como cada año, los preparativos de las campanadas y resonaban voces de presentadores entusiastas, entre pitidos y detonaciones de petardos procedentes de la Puerta del Sol, había servido las últimas botellas de cava y turrones a los rezagados. Nadie sino su gato de orejas mochas le esperaba en su semisótano de Lavapies. Para espantar los estragos que causaban estas fechas en las almas de los desarraigados, participaba de los festejos a distancia, ni tan lejos para sentirse excluido, ni tan cerca para sentirse un extraño entre la multitud.

 Armado del garrote, Mohamed fue directo a la puerta del almacén de las especies que abrió al grito de “fuera de ahí rata inmunda”, para descubrir con gran sorpresa, agazapa en el fondo, una forma menuda y descalza que tiritaba más de miedo que de frío. Cuando dio la primera campanada, el enfado se mutó en curiosidad y cuando sacó al niño de debajo del fardo que le había caído encima, vio que tenía apenas doce años, aquel que del susto se acababa de orinar en los pantalones y cuya mirada de ciervo acorralado le suplicaba que no le matara. Aquellos ojos le devolvieron 40 años atrás, cuando él mismo había viajado de polizón en la bodega de un carguero rumbo o a Algeciras y, tras sortear las barreras policiales, se había ocultado en la caja de un camión de mercancías fletado para el mercado de abastos de “Les Halles” en París. Recordó el carnicero que le había puesto a su servicio por el techo y la comida, y luego los trabajos de carga y descarga… Le echó su capa sobre los hombros, fue a abrir una lata de cuscús y sirvió dos tazas de té.

En la Puerta del Sol, arropada por la multitud, una pareja se amaba. Melissa miraba a Karl con ojos brillantes. Aquel le pasaba el brazo alrededor de la cintura y la envolvía en un halo casi palpable de ternura, deseo y embelesamiento que les elevaba a ambos dos palmos por encima del suelo. Había logrado volar a última hora desde San Petersburgo a pesar de la tormenta de nieve y ahora entrelazaban sus copas cuyas burbujas saltaban como respuesta a la segunda campanada. Ella acababa de anunciarle su embarazo. Con todos los sentidos puestos el uno en el otro y en el rapto amoroso que se conjugaba con la fiesta, estaban a mil leguas de percatarse de la intromisión de la mano diestra que palpaba con sutileza los bolsillos de Karl y extraía la cartera de piel de cocodrilo y el móvil para desparecer presta en el alboroto multitudinario.

La quietud del cuerpo solía acarrear el descanso de la mente. Sedado como estaba, Ibrahima, que por respeto al Corán y a sí mismo, nunca había tocado siquiera una gota de alcohol, yacía ahora en una paz entumecida, atenuados los sentidos bajo el efecto de los opiáceos administrados en vena. En la esquina del cuarto de hospital, la pantalla le mostraba irónicamente la Puerta del Sol donde se suponía que no volvería a interpretar la estatua humana del yogui flotante. Según los médicos, el tumor maligno había avanzado mucho. Había visto desfilar su niñez atribulada por la polio, el estigma de la deformidad, la debilidad física de unas piernas endebles que apenas le soportaban. Había contabilizado los desafíos vencidos uno tras otro como caballo pura sangre saltando vallas, hasta transmutar su hándicap en virtud y ser el principal sustentador de su familia, hermanos y sobrinos incluidos. Con la primera campanada había recordado uno tras otro el descubrimiento maravillado de cada hijo varón nacido durante su ausencia, cuando el invierno le devolvía anualmente a Senegal. La segunda campanada le arrancó una lágrima redonda y grávida de amor y dolor por la niña que tal vez no llegaría a conocer. La lágrima surcaba la mejilla de ébano, cargada más de amor que de dolor y para cuando llegó a la comisura de los labios, el corazón le susurró «¿Cuándo te has rendido tú? No es más que otro desafío». Dio la tercera campanada sobre la plaza y se supo guerrero librando su mayor batalla.