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Ensuciar la página

Frente a la página en blanco abrí al azar la novela de Graham Greene El poder y la gloria  y fui a dar con la frase: “Años hacía que Mr. Tench no había escrito una carta. Sentado ante la mesa de trabajo chupaba la pluma de acero.”

Esta es la situación en la que me encuentro pero por poco tiempo ya que he decidido ser escritora. Ser escritora no significa lo mismo que ser famosa o escribir Best sellers, de modo que lo digo sin titubear ni sonrojarme: voy a ser escritora. Escritor es el que escribe, no importa cómo de bien, al igual que cantante es el que canta y “tonto es el que dice tonterías”, según la madre de Forrest Gump. Me propongo honrar mis esfuerzos pasados por intentar escribir y darles sentido a mis sucesivas tentativas a lo largo de los años. Hoy puedo y quiero y lo voy a hacer. Es decir que me comprometo a escribir periódicamente un relato, un cuento o un ensayo y a no dejar de hacerlo hasta que me muera, o mientras pueda ver, pensar y mover los dedos. No pensaré en el éxito, en la fama ni en que nadie me aplauda.

Me propongo escribir por escribir, por el placer.

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Dicen que todos tenemos un doble

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Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Lo leí en una revista de la peluquería cuando me hacía las mechas, y creo que es cierto porque yo me encontré con mi doble. Todo empezó porque conocí a Milord (le llamo así por la canción de Edith Piaf), un cliente digno, elegante, y triste. No sé lo que hace, a una puta no le dicen lo que son ni donde trabajan. Pero es diferente. Me mira con consideración. Yo le doy un servicio de primera por lo bien que me trata, y al terminar, casi se disculpa.

La foto, se le cayó de la cartera cuando me pagó. No le dio tiempo de recogerla antes de que yo la viera. Se dio cuenta de mi asombro. La de la foto se parecía a mí como dos gotas de agua, a mí sin las pestañas postizas, las mechas y la silicona. No sé quién es, pero sé que existe en algún lugar. Su recuerdo me persigue y tal vez la obsesión fue lo que me hizo verla anoche. Hacía la calle bajo los pórticos de la plaza cuando bajó de un coche y se mezcló con el gentío. Iba con el pelo recogido, una falda blanca y una blusa de mangas largas con encaje. Tuve la extraña sensación de encontrarme conmigo misma, con la que hubiese sido si mi padre no hubiese largado a mi madre a su suerte en el arroyo. Traté de seguirla, pero se perdió en la multitud.

Mario llegó tarde a casa hace dos noches —una cena de trabajo—. Se acostó sigiloso pensando que estaba dormida. Un ligero efluvio a perfume barato alertó mi sexto sentido. Creo que me está siendo infiel, a pesar de ser tan atento como siempre. A la mañana siguiente, tomé un brunch con Marifé en el hotel Portofino.  El sol de otoño irisaba las hojas ocre-doradas de las plataneras del bulevar. La brisa acariciaba mis piernas cruzadas y me vi transportada a un taburete de barra subiéndome las faldas a medida que los hombres me ponían dinero en la liga. Me venían ahora de manera recurrente estas fantasías. A la tarde, seguí el impulso de ir a mezclarme con el vicio y anduve por las calles del barrio chino. Al bajar del taxi, la vi.

Milord ha vuelto a solicitar mis servicios. Se está encaprichando de mí, esto lo notamos las putas, aunque luego no quieran comprometerse a nada. Necesito saber quiénes son, sobre todo ella. Por esto el otro día le seguí en un taxi y vi como entraba en una finca señorial de La Castellana. La luz se encendió en una ventana. Anoté la dirección y llamé por la mañana, preguntando por la señora. Le dije que quería verla por un asunto relacionado con su marido. Hubo un silencio y luego, con voz trémula, me citó en el hotel Portofino.

El hotel Portofino es un lugar donde las señoras de maridos como Milord se reúnen a pasar la mañana criticándose unas a otras y haciéndose las intelectuales con las boquitas fruncidas. Estaba sentada sola y, al verme, palideció. Nos miramos largo tiempo sin decir nada. Paseó su mirada por mis pestañas artificiales, mi busto talla 100, y finalmente por una mancha congénita que tengo en el cuello bajo la oreja izquierda. Con una mano trémula se bajó el cuello de la blusa y descubrió una mancha idéntica. Me pareció verme en un espejo. Recobró ella primero el uso de la palabra:

—Mi…marido… y usted… —hizo un gesto significativo hacia mí.

Asentí mirándola a los ojos. Se llevó la mano a la boca. La situación era tan violenta e inesperada de por sí que no cabía el menor fingimiento, así que me confesó sus fantasías y su deseo de conocer la lujuria. Le compartí mi afán de poseer cultura y habilidades sociales, de saber lo que era ser “una señora”.

Así fue como acabé instalada en una planta noble de La Castellana, tomando brunch con Marifé (tuve que explicarle mi aumento de pecho y mis extensiones de pestañas). Mario, si notó la diferencia, no lo manifestó, y me sigue dispensando atenciones delicadas… aunque… algunas noches viene tarde a casa (una cena de negocios) y noto en el aire de la habitación una nota… muy muy tenue… a una fragancia de otro tiempo. A veces, cuando quedo con Marifé, muevo las piernas cruzadas y dejo resbalar mi falda a lo largo de mis muslos, como hechizada por un vago recuerdo.

 

SHACKLETON BLUES

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Cráter Shackleton, 10 de enero de 2054.
«Un meteorito de gran dimensión impactó a kilómetros de nuestra base. La nube de polvo de regolito en suspensión impide las videoconferencias interplanetarias y las comunicaciones locales. Durará meses. Tres de nosotros se dirigen al polo norte en la catapulta electromagnética.
He bajado a la base subterránea. Misión: chequear la central solar de la zona de sol perpetuo y comprobar los generadores termoeléctricos. Minimizar consumos energéticos».

30 de enero.
«Sin noticias de Joyce, Mackintosh y Worsley. La central apenas produce, pero es suficiente para mantener el crecimiento de las hortalizas en el invernadero».

10 de marzo.
«Sin noticias. Las constantes de los generadores no varían. Esto debería permitir el viaje de regreso en horas, sino por la catapulta, por los cables teleféricos o las vías férreas. Sin embargo, no hay señales».

En la unidad de registro, el comandante Ronaldo Damasio lleva el diario de a bordo. Unas profundas arrugas de preocupación surcan su frente. La calma aparente no alivia la tensión acumulada en las últimas semanas y una fría nausea le atenaza el estómago como un puño. «Así que esto es la soledad», piensa, al caer en una ensoñación que le hace revivir las carencias emocionales de su infancia solitaria.
Un ruido súbito le saca de su ensoñación. Pensando que puede ser uno de sus compañeros, se levanta. Aparece de la nada un perro bóxer de gran estatura, de mejillas caídas que le mira con seriedad. Flota, ingrávido y mueve las patas en el aire. El primer estupor deja paso a la alegría.
—¡Bruce!, ¿Eres tú?, me has asustado terriblemente.
—Hola, Doc, perdona, la próxima vez seré más sigiloso. ¿Te diviertes aquí?
—Ahora no. Pero no necesitas flotar, Bruce, aquí tenemos gravedad artificial.
El perro Bruce se desploma como un saco.
—Quería sentir el espacio, Doc, como tú, que querías ser astronauta cuando fueses mayor, ¿ahora qué?
—Problemas, Bruce.
—¿Estás en apuro, Doc?
—Es posible, pero no lo sé, y esto me mata.
—¿Te mata? Te veo bien vivo.
—Nunca has entendido los eufemismos, Bruce.
—¿Te preocupa no tener comida?
—No, no es eso. ¿Te acuerdas cuando nos íbamos de vacaciones y te dejábamos al cuidado de la vecina que te alimentaba una vez por semana?
—Ah, estás solo, Doc.
—Si Bruce, como un perro. Es un esperar desesperando. Es no saber si te han abandonado ni por qué, si fue culpa tuya o no, dudar de todo de repente, hasta de si tu familia te quiso.
—Yo estoy contigo, Doc, me quedaré a tu lado.
El comandante Damasio se toma la pastilla y se acomoda en su unidad de descanso, sintiendo el cuerpo cálido de Bruce apretado contra él.

ESA, Paris, 30 de marzo.
—Ninguna emisión desde Shackleton, Fred, pero detectamos un murmullo desde Plaskett.
—Imposible Emy, en Plaskett no hay nadie en esta época del año.
—¿Enviamos un rescate? Una opción es adelantar la misión “Peary”; estaríamos allí en tres días.
—No tan simple, Emy. La misión “Peary” no se improvisa, y los costes de enviar un rescate son desmesurados.
Shackleton, 10 de abril.
—«Aquí Comandante Damasio, Shackleton. ¿Me oye alguien?»
—¿Doc, ¿qué significa “Shackleton”?
El comandante mira en torno a sí y no ve a nadie. Progresivamente van apareciendo una cola, una grupa… unas orejas y unas mejillas colgantes.
—Gracias, Bruce, por la delicadeza. Shackleton intentó cruzar la Antártida a través del polo Sur y la expedición fue mal. Su nave, el Endurance, quedó presa de los hielos y tuvo que dejar a sus hombres en la isla Elefante durante 4 meses y medio. Regresó a buscarlos y ninguno pereció.
—Aquí estamos en el polo sur de la Luna, ¿verdad Doc? La historia se repite. Volverán.
—¿Cómo sé que no estoy soñando, Bruce?, ¿Qué no he perdido la razón? ¿Cómo sé siquiera que existo?
—Si eres capaz de imaginar algo y este algo se materializa, eres real, Doc.
—Patrañas, Bruce. Cierro los ojos e imagino… ¡un sombrero de copa! Ves, no aparece nada.
—Espera, Doc. Aún no eres experto. Tardará un poco.

ESA, Paris, 11 de abril.
—Por fin tenemos algo, Fred, tenemos a Worsley en pantalla, en Plaskett.

Shackleton, 11 de abril.
El comandante elige un kit de desayuno del área española. Encuentra pan, una loncha de jamón y una cuña de queso… con un magnífico sombrero de copa en la etiqueta. «¡Bruce, me llegó…! ¡Bruce!, ¡Bruce!». Esta vez, Bruce no aparece.

ESA, Paris, laboratorio de psicología, 27 de junio.
—René, no entiendo nada, estoy revisando la caja negra de Shackleton. ¿Con quién diablos hablaba Damasio en la luna?
—La mente humana tiene sus mecanismos protectores, Claire.

La Máquina

El anciano encontró la llave en el hueco de la pared, detrás del abrevadero. Con ella abrió la puerta de roble que, atascada por la hiedra y las glicinas salvajes, giró ruidosamente sobre sus goznes. Tras acomodar sus ojos a la penumbra, tiró de una lona repleta de heces de rata y cascotes, dejando al descubierto La Máquina. Los años de inactividad no habían empañado su poderío: orgullosa, la Shneider se erguía altiva en el centro del establo en desuso. La habían escondido en posición estratégica: bastaba arrastrarla unos metros para dejarla operativa, apuntando al valle…

Fue a buscar la yunta y la unció a La Máquina. «Paco, échame una mano con esta rueda que está encallada… Mariano, sujeta la mula mientras amarro el mástil al yugo… la vaca a la derecha, así…  ¡Arre!, ¡arre vaca!… ¡Arre muuula!… Unos pocos metros… ¡ya está!»…

«Ahora,  a armar la trinchera y aguardar hasta el amanecer».

Llenó y acarreó sacos de tierra con la ayuda de la mula hasta bien entrada la noche. Los dispuso al borde de la era, diez, veinte, treinta sacos, formando un semicírculo alrededor del cañón. Cuando se rindió al descanso, la luna asomaba blanquecina sobre el horizonte, y al sur, el mar le devolvía reflejos plateados. Un faro parpadeaba. El anciano, físicamente agotado, se arrastró más que caminó al cobertizo, pero se sentía enardecido. «Muchachos, estoy contento de vosotros. Mañana les daremos una sorpresa a esos cobardes de ahí abajo. No se imaginan lo que les espera. “al combate acero va… No pasarán. No pasarán”. Cada uno a su catre. Manolo, tú empiezas el turno de vigilancia».

Amaneció rojo fuego; el horizonte se incendió de repente y le hirió la luz al anciano a través de la persiana desvencijada. Sobresaltado, lanzó un grito de combate. «Arriba tropa, que despunta el alba. ¡Victoria o muerte! No viviremos agachados. ¡Tierra y Libertad! “… por la tierra y por el pan, vista al frente, pulso firme…”. Mariano, distribuye los fusiles. Santi, tú, El Gato y yo, a La Máquina. Que está con ganas de sonar de nuevo, esta preciosidad. “…temple duro, roca viva… ¡acero va!… bomba al cinto, bayonetas, al combate acero va…”».

El anciano lustraba el acero con la manga, echándole el aliento, una y otra vez.

«Ya os decía yo que la escondiéramos aquí, que no se sabía cuándo volvería a haber jaleo. “Anda jaleo, jaleo, suena una ametralladora y ya empieza el tiroteo, y ya empieza el tiroteo. Anda jaleo, jaleo…”. Vamos, a cargar el obús, echadme una mano compañeros. Así, así, apuntaremos a… primero vamos a hacer bailar al cura. Adelante muchachos. Apunten. ¡Fuego!»

El estruendo rajó la mañana y la polvareda que envolvió al viejo cañón por un momento le veló al anciano la visión del pueblo. Cuando se disipó, divisó la enorme brecha que la granada había abierto en el muro del jardín de la rectoría, por donde ahora se escapaban enloquecidos patos y gallinas. Al poco salió también el cura a todo correr, arremangándose la sotana. Acudían en tropel los habitantes del pueblo. En primera línea, el alcalde y el guardia civil. Luego el juez de paz y el maestro. Los niños, que querían salir de la escuela para ver lo que pasaba, fueron empujados dentro por seguridad. Los vecinos gesticulaban, primero sin atinar a descifrar el origen del cataclismo, hasta que uno de los forestales señaló hacia el monte, donde algo de la humareda seguía flotando en el aire.

Allí el anciano campaba erguido, los brazos en jarra y la frente alta. Sólo llegaban jirones de las frases que clamaba «…dignidad… justicia… no me rendiré…devolvedme lo … quitado. ¡Lucharé… mi libertad… hasta… final!».

Hubo un revuelo entre los vecinos. Salieron el médico y la enfermera del centro de salud y se precipitaron a parlamentar con el juez de paz. Las conversaciones se estancaban cuando sonó otro disparo y el proyectil, esta vez, agujereó la fachada del cuartel de la guardia civil, donde flameaba la bandera junto a la divisa “TODO POR LA PATRIA”.

Entonces apareció la asistenta social, reunió a las personalidades y en un instante parecieron ponerse todos de acuerdo. Mandó al enfermero agitar una bata blanca sujeta al palo de una escoba y a los forestales acercarle un megáfono a través del cual le habló al anciano en estos términos: «Don Fermín, le juro por mi vida que le devolverán su pensión y no se tendrá que ir a la residencia. Podrá quedarse en su casa y conservar sus tierras. Le pondremos una ayuda a domicilio. Ahora subiré con el médico, aparte Usted el cañón».

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Ascensor rue de Buci

Cuando se cerraron las  rejas del ascensor de aquella casa laberíntica de la Rue de Buci, esquina Boulevard Saint Germain, Julia se percató de que  no estaba sola. La casa, otrora señorial, había sido transformada por un ruso, en los sesenta, en diminutos apartamentos alquilados a estudiantes y a pintores bohemios. Aquí, Julia había vivido su juventud parisina, y le había parecido encantador alquilar su habitación de antaño, que ahora era parte de un hotelito acogedor, para asistir a la presentación de su libro “volar juntos al fin” publicado por Hachette.

Mientras la jaula metálica arrancaba rechinando, Julia, ansiosa porque el vetusto artefacto amenazaba en cada zarandeo con romper el cable y arrastrar la cabina entre chispazos a lo largo de la caja o descolgarse de cuajo para estrellarse en el fondo de la misma (¿tendría posibilidades de sobrevivir?), se percató de que el señor que había subido en el sexto (un viejo canoso de rostro aceitunado, algo encorvado dentro de un abrigo de paño azul marino con botones dorados) no le quitaba ojo. ¡Lo que le faltaba a estas alturas! Había criado dos hijos y ansiaba tener algún nieto que aún no llegaba pero permanecía esbelta y vital. Un traje falda ceñido realzaba sus piernas de gacela. El individuo la escrutaba. La recorría de arriba abajo con una mirada inquisidora que se le antojaba glauca, libidinosa y oscura.

El ascensor, al pasar por el quinto rellano, vibró y se sacudió con un siniestro crujido. Julia fingió no percatarse del movimiento que había hecho el extraño para iniciar un acercamiento subrepticio. Notaba su presencia asfixiante, la insoportable invasión de su espacio personal, el olor acre de su sudor de hombre y vio, por el rabillo del ojo, que él no desistía y la devoraba con los ojos. Notaba su aliento casi en la nuca cuando el cuarto rellano sacudió de nuevo la cabina con un rechinar de cadenas.

A Julia, las manos le empezaron a sudar, el pulso se le aceleró, se le crisparon las mandíbulas. Las piernas tensas pedían correr para huir y la espalda encorvada, al no poderlo hacer, interponía el gesto impotente del animal acorralado. El asediador ya había iniciado el asalto de captura y nada lo detendría.

—Julia. ¿Eres Julia?

Petrificada, los pies soldados al metal del suelo, suspendida la respiración, tardó varios segundos en encarar su interlocutor. Desencajada, la mandíbula inferior pendía rígida y abierta.

—Julia, soy Germán, —siguió articulando la voz dentro del abrigo—, Germán el aviador.

—Germán, Germán, repitió alelada sin darse cuenta de lo que decía. Un fogonazo en su cerebro superpuso los rasgos del aviador solitario a los del extranjero desafiante. De fauno libidinoso se transfiguró en un hombre de treinta años, curtido, la cabeza inclinada y una mueca ligeramente irónica en los labios, donde asomaba la ternura. Imperceptiblemente se tornó el Germán mayor con canas y ojeras, la piel más rugosa pero curtida y el brillo burlón de la mirada intacto. Iban por el tercer piso.

—¿Te fuiste a vivir a España, no, Julita?¿Te casaste?

—¡Germán!, ¡no me lo puedo creer! No tengo palabras… —dijo faltándole la respiración. Sentía que las rodillas se le volvían de goma.

—Julia, Julia, dios mío, no sabes la de veces que he soñado este encuentro, no te puedes ni imaginar…

—Si, Germán, hay cosas que nunca pude olvidar, la bohemia, las noches en vela, escribiendo, conversando…

—Caminando por los muelles sin fin, ¿recuerdas, Julia?, para tomar de madrugada la soupe à l’oignon en el mercado de Les Halles. No sabes cuánto lo eché de menos.

—Aún no he aterrizado, Germán, me parece estar soñando.

—Yo pasaba hambre en mi buhardilla bajo el zinc, y tú más, del otro lado de la cour. Te observaba escribir desde mi ventana, seria, erguida, Julia inventando historias.

—Tú servías mesas en la Brasserie Lipp para costearte las horas de vuelo.

—Tuve que volar en países lejanos: Sierra Leona, Venezuela… pero lo conseguí, Julia. Hace veinte años que soy comandante de Air France. Me alojo aquí cuando vuelo a Paris. Se había quitado el abrigo, descubriendo la chaqueta de piloto con cuatro galones dorados en las mangas.

—Eras el hombre inalcanzable, propiedad de Clara.

—Una noche te visité en tu chambre de bonne, Julia, ¿recuerdas?, y me pediste que me quedara. Me marché…

Asió las manos de Julia y la atrajo suavemente a sí. Julia se dejó caer.

—Hubiese sido una traición, Germán.

—¡Que gilipollas que fui”!

La espalda de Germán, bajo la ligera presión del cuerpo de Julia, accionó sin querer los botones del ascensor que hacía un rato se había parado en la planta baja y éste, acto seguido, reinició el ascenso renqueando y traqueteando.

 

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Luz en la sierra

 

Tenue como la luz de la aurora apenas despuntando y tan presto a desparecer como había aparecido, centelleó fugaz un halo dorado por encima del bosque. Podría haber sido el que deja el faro de un coche girando en la niebla, pero con la particularidad de que apuntaba al cielo a la vez que rotaba veloz. No encontró fuente probable para el fenómeno. Su mente se lanzó a enhebrar razonamientos vertiginosos ¿alguien apuntando hacia arriba con una linterna? no, el brillo no llegaría tan alto. ¿Los forestales haciendo una ronda? ¿A estas horas?… Los faros no emitirían luz de manera vertical… materialmente imposible.

Una inquietud animal se agazapó en su estómago y sintió ganas de correr en dirección opuesta a la de la luz… a toda velocidad. Notó que los pelos de sus brazos se erizaban y apeló a su racionalidad. Siguió buscando causas pero no atinó a unir una explicación cabal con el extraño fenómeno, pues se encontraba sola, a un kilómetro del cortijo más cercano y a cuatro y medio del pueblo cuyas luces titilaban bajo el repecho del último bancal cultivado. Ninguno de los vecinos tenía coche ni luz eléctrica. Diseminados entre mil quinientos y dos mil metros de altitud, casi nunca les visitaba nadie, a no ser los pastores de cabras o algún que otro cazador, y éstos recorrían la sierra andando.

Al desaparecer la luz tan pronto como había aparecido, se empezó a calmar, sin por ello tener resuelto el enigma y, cuando se durmió, soñó que la familia de “La Macarena”, grandes y pequeños, bajaban los quinientos pedregosos metros de desnivel que les separaban, en bicicletas, de noche, con la luz de los focos saltando y bailando en cada sacudida.

Al despertar a la mañana siguiente permanecía la inquietud. Una vez sacadas las cabras y comprobada la verja del huerto para asegurarla contra incursiones vandálicas de éstas contra coles y lechugas, se echó un amplio chal sobre los hombros, se enfundó unos vaqueros, las botas y bajó al pueblo en el Jeep que —de recién llegados—, les había valido ser puestos en el bando de los invasores contaminantes.

Los Montoros (3)

Traqueteó a lo largo de la pista de tierra donde tormentas recientes habían abierto surcos y labrado grietas. Le parecía estar sobrevolando la ondulación azulada del valle mientras evitaba con soltura la orilla de la abrupta quebrada que la curva en alfiler obligaba a recorrer con media rueda en el vacío. Pasado el cortijo “El Jurel”, todo entró en calma y saboreó el aire matutino perfumado de mastranzo, orégano y tomillo. Le reconfortó la presencia serena de los castaños a orillas de los barrancos y los efluvios de la menta silvestre que las ruedas aplastaban.

Aparcó junto a la tienda-bar donde los “modernos” (ellos) solían repostar víveres para las despensas, velas, tabaco y cartuchos para los quinqués de gas. Sólo estaban algunos pueblerinos, acodados a la barra.

Se sentó, pidió café y mientras desayunaba, le llegaron fragmentos de conversación:

—¿Al Cuervo no le has visto, no, Mariano?

—Yo no, hace unos cuantos días que no me llego al cortijo… ¿por?

—Ná se sabe del desde hace un par de días. Las cabras… abandonás a su suerte… andan por ahí sueltas y no han sio ordeñás…empiezan a tener ubrera…

—Yo le vi en el bar de la carretera a primera hora de la mañana d’antayer, apurando el aguardiente, antes de tirar pal bancal, onde yo iba a sembra unas pocas de habishuelas, que este año pue que vayan escasas y a mejor precio quel año pasao… des d’entonces no l’he vuelto a ver.

—Pos eso si qu’es raro, Juan. El Cuervo no s’ha ausentado del pueblo en su vida, y menos del cortijo. No ves que se conforma con una tajá tocino y un trozo pan con tal de no bajar. Si duerme allí arriba con las cabras… y según las malas lenguas… bueno… vamo a callar la boca…

—Jajajaja…si, vamo a callar la boca, mejor…

—Pos sí que ese podría ser un buen años pa l’habishuela, Juan.

Fumaban y parlamentaban a la vez que apuraban el chato con su tapa de jamón serrano o su arenque seco. Parecían algo más excitados que de costumbre, inquietos. No se fijaban en ella. Al rato se empezaron a ir, uno a uno.

Entró un hombre joven de unos treinta años, de melena corta y barba castaña, que se le acercó con familiaridad y se sentó a su mesa.

 

 

 

 

EL EMBRUJO DE ZULEM

La carrocería amarilla del Buick del 50 agoniza en el cañaveral, sin poder ocultar el óxido de sus llantas, sus neumáticos vacíos ni sus dientes de tiburón mordiendo para siempre el barro reseco del surco. Arístides, un mulato desgarbado de tez cetrina y ojos saltones, demasiado alto y flaco para el peto tejano cuyas piernas le llegan por debajo de la rodilla, le asesta puñetazos y lo abolla a puntapiés.

—¡Yo lo hice!, ¡Yo la maté! ¡La maté, la maté!… ¡fui yo quien la mató! ¡fui yo! —grita entre sollozos de pura rabia.

Un grupo de chiquillos le empieza a tirar piedras y a hacer burla. «Arístides, tonto, tonto, tú no la mataste, no la mataste…tonto, tonto…». Él se gira violentamente y va tras ellos con un palo, la cara deformada por la ira. La chiquillería escampa entre gritos de pavor y risotadas chillonas.

En el malecón, la gente pasea, conversa. Blancos, negros, mulatos se mezclan al atardecer, apurando el día con diversos quehaceres. Algunos pescan, otros se rezagan charlando o miran el sol ponerse, sentados en el parapeto, mientras pasan grandes coches americanos rojos y verdes que vomitan ritmos de moda a todo gas, y las olas vienen a caer al pie del paredón. Cuando el sol por fin muere, dos hombres se apean de un automóvil negro y se sientan aparte, junto a la garita de piedra desde donde se divisa la fortaleza de San Carlos. Poco después de que suene el cañonazo de las 9, inician una conversación íntima, cerciorándose de que no les oye nadie. Las palabras caen, lóbregas y pesadas, de la boca de don Hernán Cruz.

—Nadie escapa, don Genaro. Al final, el pasado te gana la carrera y no hay letrado que te libre.

—Yo soy su letrado, amigo, no su confesor. Ante mí no se tiene que justificar. Si acaso ante Dios.

—Ante Dios compareceré en breve, Genaro, y precisamente por eso necesito de usted ahora. La consciencia…, verá… no quiero irme con este peso.

—Bueno, libérese ante su confesor.

—Sí, claro, pero debo enderezar algún entuerto antes de que la enfermedad me haga perder el uso de la voz y de la memoria. Usted debe ayudarme.

—No entiendo porque ve necesario remover aguas pasadas. Sólo era una cupletista —dice el otro con tono impaciente.

—Hay un hombre en la cárcel en mi lugar. Yo ya me voy, no tiene sentido dejarle allí.

—Está bien, le sacaré, pero tendrá que hacer una confesión que no salpique a nadie, Hernán. Y puede que tenga que ingresar… a no ser… su salud…

—No me queda mucho que perder, Genaro, créame.

El griterío alegre de conversas de barra, mezclado con acordes  de habanera, llenaba la terraza de la “Bella Lola”. El repiqueteo de la percusión cedía y se suavizaba ante la farandola del bandoneón y la voz de Zulem embelesaba. Movía la cadera y el hombro de su vestido resbalaba bajo el peso de su cabellera de azabache. Era una mulata hermosa de labios de cereza madura, con una voz hipnótica. Paseaba la mirada sobre los asistentes, insinuándose a su manera a cada uno al ritmo de la canción. Turistas y lugareños la adulaban con los ojos, algunos lascivos, mientras mecía el aire con sus palabras de dulce nostalgia y dejaba que su perfume de pasas y azahar se mezclase con el olor a ron de la asistencia.

A las tres de la madrugada, cuando todos se habían ido, Zulem salió del brazo de un hombre alto, fornido de hombros que había esperado hasta el cierre para estar con ella. Pero no era realmente un abrazo amistoso, sino que él le sujetaba el brazo en un puño férreo y no le daba alternativa, mientras ella se resistía.

—Le digo que no, Hernán, lo siento mucho pero hoy tengo otros planes.

Había un Buick amarillo limón reluciente aparcado a pocos metros, pero ya no quedaba nadie para verlos subir, ella resistiendo, él empujándola brutalmente.

—Tú vienes conmigo donde yo diga. Me acuesto contigo porque pago y tú me obedeces ahora. Además bien que te gusta, ¿eh zorrita?

—Yo tengo mi oficio de cantante, don Hernán, y no le necesito a Usted para vivir, ¡así que para este coche y me deja bajar! ¡No me acostaré con usted hoy!

El ron, la noche y la imaginación encendida por la lascivia de las miradas de los otros pudieron más que las súplicas de la bella y, presa de la urgencia, Hernán adentró el Buick en un cañaveral sin mirar demasiado —pues la luna no acompañaba—, de tal manera que metió las ruedas en un zanjón húmedo y empezaron a patinar hasta que abrieron un surco en el lodo. Zulem aprovechó para huir pero el hombre la atrapó por una muñeca. Furioso, la placó contra la carrocería salpicada de tierra húmeda.

—He dicho que no me acostaré con usted, suélteme, ¡Suélteme!

Zulem asestó un rodillazo certero en la ingle de su agresor y éste, lleno de ira, la lanzó de un violento revés contra el parabrisas del descapotable, con tal fuerza que la cabeza se le dobló hacia atrás en el borde metálico de la luna. Luego se hizo el silencio.

Los presos hacen coro alrededor de Arístides mientras cuenta por milésima vez la historia de cómo mató a la hermosa mulata.

—La maté de amor. Sí, de amor, me oís. Le hice el amor tantas veces seguidas que su cuerpo no lo resistió. Ella me pedía más y más, apenas me dejaba descansar.

Los hombres le azuzaban para obtener detalles escabrosos y se divertían con su ingenuidad. Siempre contaba lo mismo pero de diferente manera y en todos los relatos salía sexualmente favorecido.

—Di, cuéntanos, Arístides, como fue que se arrodilló para chupártela.

—¿Cuantas veces seguidas se la metiste?

—¿Cómo gozaba? ¿Suspiraba? ¿Gritaba?

Y Arístides se ponía a imitar burdamente el jadeo del orgasmo y les describía cómo le había acariciado los muslos por debajo de la falda, hasta introducir los dedos en la braguita, que llevaba “muy pequeña, muy pequeña, como uno de esos tangas brasileños”, y cómo a ella se le humedecía el sexo y le suplicaba que la tomara, pero él la hacía esperar y gemir más y más hasta que imploraba que la penetrase, hasta que le rodease la cintura con las piernas, y por fin la tomaba contra la carrocería del Buick.

Cada noche se repetía la escena y Arístides se crecía con las miradas lúbricas de los presos, con la envidia de ellos y su admiración enfermiza. Por fin era alguien para alguien. El autor de un suceso especial, el protagonista de una tórrida aventura compartida, él, Arístides, que por fin había sido deseado y devorado vivo por una tremenda hembra. Zulem, la que todos habían deseado alguna vez.

Eran las cinco de la madrugada y la luna seguía oculta. En una taberna arrabalera de dudosa reputación, una extraña pareja seguía bebiendo ron a pesar de la hora. Uno era un hombre alto trajeado de blanco, que, a pesar de dispensarle una comedida condescendencia, mostraba gesto impaciente frente a un mulato delgado, vestido con ropa de trabajo. El mulato no tenía prisa y se tomaba el tiempo de escanciar bien el ron gaznate abajo —no todos los días le invitaban a uno a barra libre. El caballero pidió una botella para llevarse, así podrían cerrar el bar.

El mulato se tambaleaba en la acera, de modo que el otro lo sostuvo pasándole el brazo bajo las axilas, al tiempo que le arrimaba a un todoterreno y le hacía subir. «Tome otro poco, Arístides, no me deje solo con la botella… compañeros hemos de ser hasta el final». El otro se caía de la borrachera; la cabeza se le tambaleaba en cada curva que daba el automóvil. Llegaron al cañaveral donde estaba varado un Buick amarillo. El mulato hacía rato que había dejado de resistir la borrachera pues se había dormido. El del traje colonial abrió la puertezuela, le recostó en el asiento delantero y le bajó los pantalones hasta las rodillas.

El alcaide escucha con recelo la voz al otro lado del teléfono y menea la cabeza de derecha a izquierda. Una áspera incredulidad se lee en su rostro. El monólogo del otro lado no admite réplica y acaba en «haga lo que le digo. Es una orden.», seguido del chasquido del aparato al ser colgado y del bip bip bip al otro lado de la línea vacía.

—Hay que soltar a Arístides. Ya no es culpable ahora.

—Pero si le encontraron con los pantalones bajados apoyado en el Buick, al lado de la chica muerta.  ¿Qué más pruebas…? Aún recuerdo como escapaba a través del mercado, haciendo volar tomates, sandías y melones cuando lo cogieron. Uno se me reventó a los pies y resbalé. ¿Para qué iba a correr tanto si no había sido él?

—El asesino confesó. Está moribundo y quiere “limpiar su alma”. ¿No te fastidia, después de diez años?

—¿Quien, señor alcaide, quien…?

—Hernán Moratinos, el brazo derecho de quien sabes… Hay que joderse… Anda a saber qué repercusiones tendrá eso… pero qué mosca le ha picado ahora… limpiarse la consciencia… no te jode… Venga, hay que ir a decirle a Arístides que sale.

La carrocería amarilla del viejo Buick reluce bajo el sol impenitente de mediodía, en la zanja seca del cañaveral salpicado de amapolas, el morro aferrado al surco con sus dientes de tiburón, el capó como nariz de delfín, sus dos alerones airosos sosteniendo fielmente los ojos redondos de las luces intermitentes. Arístides le asesta puntapiés y puñetazos, llorando y renegando. Cuando la rabia deja paso a la tristeza, se sienta en el capitoné deslucido por la lluvia y acaricia un cuerpo recostado en la banqueta, que sólo él ve, diciéndole palabras dulces y sensuales. Solloza pero ya no de pura rabia sino de rabia y melancolía. El grupo de chiquillos que acude a diario a hacerle burla, de repente se calla, pues se ha oído el rumor de un motor lejano. El rostro cetrino del mulato se tensa; arruga los ojos para mirar lejos. Al rato aparece un camión grúa. El chófer arrima la grúa al parachoques del Buick mientras su acompañante aparta la chiquillería. «Largo, largo, dejad sitio, fuera todo el mundo». Arístides mira pasmado como la parte trasera del Buick se aleja, contoneándose, con su rueda de recambio de un hermoso amarillo limón, tras la grúa, y desaparece a la vuelta del camino. Le cae un hilillo de baba del labio inferior. Se desploma sobre el surco como un títere vacío de alma, abandonado después de la función.

buick-amarillo

 

TIMBUKTU

El sol de infierno que cae abruptamente saca marcas de agua a la arena del desierto. Apoyado en el tronco de una palmera datilera, cuya copa le proporcionaba un alivio mínimo —apenas una arandela de sombra azulada en torno a sí—, Moussa  Diagné observa despreocupado las cabras que acaban de beber  del abrevadero y van a buscar, con parsimonia, el refugio del oasis para pasar las crudas horas del mediodía. Observa el horizonte, donde amplias zonas translúcidas semejan charcos y la luz baila, como si la arena se hubiese licuado bajo el hierro al rojo del sol inclemente. Siente la mordedura del calor a pesar de la sombra y la garganta seca tras el breve alivio del sorbo de agua de la cantimplora. Acepta la sed y permanece inmóvil para ahorrar energía. Otea el horizonte —única actividad inocua a estas horas.  Todo parece apacible, no espera ver nada en realidad, sólo la costumbre le hace mirar lejos, mientras le gana el sopor y se abandona al duermevela.

De súbito recupera el enfoque visual y escruta activamente la línea temblorosa, pues ha percibido un punto negro que baila con la arena pero no es arena. En el desierto, el ojo es sensible a la diferencia. El punto crece a lo alto y a lo ancho y va surgiendo otro punto del primero. Dos siluetas oscuras se perfilan.

Intrigado sigue de vista la ameba oscura que crece lentamente y se va dividiendo en dos formas claramente distintas. ¿Dos? No, parecerían tres. Un extraño ser tricéfalo que avanza en línea recta. Le baila la mirada por lo deslumbrante del sol y cierra los ojos. Al volver a abrirlos parecen haberse esfumado las formas, pero acto seguido reaparecen contra la luz cegadora: una de ellas es alta y delgada y lleva una protuberancia en la cima. La otra es baja con una prolongación vertical que se ensancha como la copa de un arbusto. Ahora se divisa claramente una forma humana de negro y, a su lado, un ser más pequeño envuelto en ropas claras que alza el brazo y sostiene un paraguas negro sobre la cabeza de su acompañante. La extraña pareja está al alcance de la voz. El hombre alto, que lleva un sombrero bombín de fieltro negro y un traje azul marino a rayas sobre zapatos de charol, saluda, la mano sobre el corazón.

—Salam Aleikum, hermano.

—Allah esté contigo, asevera el tuareg lleno de asombro.

—Por la gracia de Allah, hermano, te pido ayuda.

El acompañante es un adolescente de poco más de 15 años. Lleva una túnica color crema sobre bombachos marrones, babuchas de cuero de camello  y un turbante azul. Alza el enorme paraguas negro por encima de la cabeza del hombre alto. Esto le obliga a tener el brazo siempre vertical. En la otra mano, empuña un Jerrycan.

—Tú dirás, hermano.

—Soy Babacar Traore, vendedor de seguros— y nos quedamos sin gasolina a 5 kilómetros de aquí. Necesitamos encontrar combustible.

—Dudo que en el poblado alguien tenga. Aquí no tenemos coches. Tendréis que ir hasta Taoudenni.

—Pero no podemos ir a pie, hermano.

—La caravana de la sal está a punto de pasar si todo va bien, Inch’Allah. Tarda tres semanas en llegar de Timbuktu pero solamente tres días a Taoudenni.

—Esto es una suerte, Alhamdu-Lillah.

—Mientras esperáis, aceptad nuestra hospitalidad.

Al atardecer, el tuareg, el gigantón y su sirviente oscilan hacia la aldea a lomos del camello, proyectando una sombra estirada sobre las dunas. Divisan las casetas de adobe y surcan el enjambre de chiquillería gritona que, revoloteando a su alrededor, les piden un regalo.

Al alba del tercer día de compartir el techo, dormir, comer y conversar con los aldeanos, conocer a sus hijos, sus animales y sus cuitas, el sirviente divisa la caravana: una larga hilera de hormigas apenas perceptible cruza la planicie yerma. Lanza un grito estridente:

—¡¡¡El Azalai, El Azalai!!! Llega la caravana… rápido, rápido…

Avanzan centenares de camellos en fila, conducidos por tuaregs de ropajes azules cuyos turbantes enmascaran el rostro, sin producir un solo ruido en la arena, como si las pezuñas gigantes estuviesen envueltas en bolsas de fieltro.  La algarabía de la chiquillería, las interpelaciones de los hombres entre sí a medida que salen de las chozas, los silbidos rítmicos de las mujeres en la retaguardia, rompen el hechizo de la aparición milenaria. La aldea se llena de gritos, música y animación. Los tuareg se descubren por fin, aceptando beber, conversar, intercambiar y, entre grandes risotadas, ponen pie a tierra.

El gigantón en su traje de rayas, que se ha vuelto a calzar los zapatos de charol y el bombín, se despide efusivamente de su huésped. Con la mano en el corazón, repite sin cesar “Que Allah te guarde”, “Allah te recompense con lo bueno”, y su ayudante, el paraguas en una mano, el jerrycan en la otra le precede a la hora de subirse al camello. Tumbado en la arena apaciblemente, el enorme animal no se inmuta. Gira apenas la cabeza para mirarlos, indiferente. Sube el beduino delante y el animal se alza.

Una vez acabados los intercambios, las conversaciones, cargados los pasajeros y los bienes, la caravana se aleja al ritmo del balanceo de los animales. Súbitamente, Moussa Diagné, saliendo de su embelesamiento, como si le hubiese picado una abeja, corre tras la camella de Babacar Traore.

—Babacar, Babacar, hermano… espera… ¿Cómo tengo que hacer si muere mi camella, para cobrar el dinero?

El otro le contesta,  agitando vagamente el brazo en la dirección de donde había venido la caravana:

—Timbuktu, Timbuktu… Azalai Timbuktu.

tombouctou

 

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